Sancti

Tal vez empresas más avanzadas que esta a la que le vendo mi tiempo ya lo hayan implementado. En tal caso, de nuevo mi pereza me habrá impedido convertirme en profeta, pero eso no me preocupa grandemente. Convengamos que sirve de poco adelantarse a los tiempos si uno no puede obtener a cambio una recompensa.
En tiempos idos, cuando gobernaban ratas incluso peores a las que hoy, tener algún informante podía cuadruplicar una fortuna en el término de pocos días. Las políticas regulatorias que no regulaban, las políticas cambiarias que mutaban con llamativa facilidad, en fin, la anomia que es nuestra marca de fábrica, sólo con el marco de ligera previsibilidad que uno pudiera, con buenas o malas artes, ganarse. La cosa era sencilla: pasarse a dólar antes de una buena devaluación, cosa no tan simple como decirlo, y a los pocos días recoger el fruto del cimbronazo que dejó el tendal entre los desprevenidos. Quien tenía mil hectáreas pasaba a cuatro mil. Cualquier hijo de vecino, con un trabajo decente, veía su salario licuarse de un modo inconcebible. Un gris comerciante de allende las pampas, erigido ahora en policía bancario, sentaba las bases para su futuro ministerio.
Hoy, saciadas mis necesidades materiales o, para mejor decir, olvidadas que han sido mis necesidades materiales, me encuentro escribiendo en plena jornada laboral. Sólo por acentuar el disimulo, alejé de mi alcance al mate reglamentario, me rodeé de las hojas amarillentas de una resolución que data de los facinerosos `70 y las desparramé en abanico, solapando una buena parte del enorme planillaje que supone la auditoría de los bienes de capital, a la que supuestamente me encuentro abocado. Pero no sólo de pan vive el hombre, ya lo sabemos, y tampoco es bastante con la buena carne de cordero. A veces, aunque no nos falte techo, alimento y vestido, sentimos las rodillas de nuestro espíritu flaquear.
No flaqueo, no mientras escribo, no mientras escribo si sé que un par de boxes más allá, en el espacio que han destinado el equipo creativo, yace, apoltronada en un sillón azul francia con rueditas, la rechoncha humanidad de nuestra flamante incorporación. Cargo indefinible, aunque propio es aclarar que a la nueva gestión ese asunto de ponerle nombre a las funciones no le resulta del todo cómodo. Currículo vitae breve, a la usanza moderna, una carilla salpicada de imprecisiones, con más, y prolijamente abrochada, la tarjeta del señor secretario privado. Sorprende, o no tanto, que su principal formación sea el año y medio en el seminario. Lo que yo venía contando: la juventud viene frágil de espíritu. Y ni te digo los burócratas. Con qué gusto algunos lo visitan en consulta. Me pregunto, sin malicia, si no nos haremos de un confesionario, para mejorar la prestación de su servicio.

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