Líquida Babel

Cuando Carmen me vio entrar bastante desmejorado –la barba crecida, ojeras, el pelo revuelto porque ni siquiera había ido a trabajar–, me comentó que el asunto podía ser grave, que me lo tomase en serio, que el ibuprofeno y la posibilidad de bronquitis. Ahí nomás me contó –yo no se lo pedí pero suelo ser cortés con ella y mi cortesía incluye extender las charlas que ella inicia aunque no a mí no me interesen en lo más mínimo– de uno de sus hijos, el más sano –porque al parecer hay uno que tiene el don de pescarse las enfermedades para las que aún la ciencia médica no ha previsto un nombre–, se había agarrado algo parecido a eso que yo decía tener, eso que no era más que un estado febril –lo que me devolvió mi condición de tipo fácilmente irritable, es noviembre, de vez en cuando refresca–, una mucosidad ligera, de tinte apenas diferente al agua cristalina, y una sensación de fatiga generalizada, que bien podría tener que ver con las extensas jornadas laborales, con el derrotero que me he propuesto para lo que queda del año, o bien mi reaparición con vida material en los días de un jefe que viene haciendo agua por todos lados y tiene severas dudas sobre su continuidad inmediata en el cargo, los urgentes amaneceres de la latitud 43, tan a contramano de la vida normal, la devolución de mi cuerpo al territorio de la humedad, sumado esto a los primeros calores y a los no por esporádicos menos intensos vientos que pegan mañana, tarde y noche, en fin, un leve resfrío estival, tan al alcance de la mano que a mediados de noviembre, todos los sabemos, tarde o temprano, hará más arduas las cosas que hasta ayer apenas lo eran.
–O una alergia –repuse, y acaso mentía porque yo nunca he pertenecido a la clase hipocondríaca, antes al contrario: toda la vida me he jactado de vivir lejos de médicos, medicinas y remedios.
–Claro, el polen ha de ser –decía ella y yo creía que sí, que en una de esas era culpa del polen, pero a poco de asentir con la cabeza me daba cuenta de que, aunque yo hubiese estado lejos de la ciudad, la primavera había proseguido sus trámites sin mí y a esta altura, bien entrados en noviembre, ya era molesta, pegajosa a la vista como esas señoras que no asumen las complicaciones propias de su edad y se atavían en verde manzana y echan mano a esos pantalones tan parecidos a los que uno usaría para ir a correr al parque o para dormir en una noche del más crudo invierno y no, pongamos por caso, concurrir a sitios públicos, yo qué sé, el cine, la oficina.
–No, creo que no tengo alergia a nada, salvo a trabajar, como todo el mundo –dije, ya repuesto del pequeño vuelo anterior, en todo atribuible a lo poco interesante que resulta mi interlocutora cuando pontifica, a la fiebre, al deseo incontenible de sonarme la nariz con urgencia, de tomarla fuertemente entre los dedos y hacer lo que diría mamá.
–¡Soplá!
Eso, suponiendo que eso fuera soplar, pero Carmen estaba dispuesta a volver a la carga, así que con mi mejor gesto de hombre comprensivo la seguí escuchando.
–Son cuarenta y ocho horas o tres semanas.
–¡Pero tres semanas es muchísimo!
–Vos no estás tan mal.
–Sí, pero éste es mi tercer día así.
Era el tercer día.
Ya no llevo la cuenta de los días, no tiene sentido. Tomo las porquerías que me dicen y trato de convencerme de que eso alcanzará. No quisiera llegar a las navidades así, no porque me importe la navidad. Odio los almanaques, sobre todo a esa altura. Pero no quiero imaginar que esto sea tan largo.
Sin embargo, creo que a longitud nada habrá de superar a la del moco blanco que guardo en la mitad derecha de mi nariz. Puedo estar diez minutos seguidos soplando –supongamos que eso sea soplar–, acumulando el residuo en mi pañuelo, en una carilina, en mi mano pelada, y siempre hay un resto que sobrevive a mis fuerzas.

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