Con figura pie

Por si fuera poco, estos zapatos, en realidad mi imprevisión, qué iba yo a imaginarme que aquí me vería forzado a olvidarme de andar a paso vivo. Primero, sí, los zapatos. Los compré un sábado a la tarde, lo que desde el vamos no fue una buena decisión. Los compré en una zapatería de las más concurridas, pésima decisión, aunque en mi defensa alegaré que a todo el mundo le da por salir a comprar los sábados por la tarde. El mismo hecho, comprar zapatos, llevado a cabo por la mañana, pudo haber sido un episodio agradable en vísperas del viaje, pero nada ocurrió de acuerdo a mis planes. Así, en plena hora pico, me vi parado por un buen rato, haciendo un esfuerzo por distinguir entre la multitud algún vendedor que estuviese dispuesto a cumplir con mi deseo: comprar zapatos. Para acortar el trámite, ya tenía en claro que me llevaría unos de gamuza, de marca reconocida aunque a un precio formidable. El resto de los compradores no abrazaban certezas como la mía. Por el contrario, todos parecían disfrutar del desfile de los vendedores por los angostos corredores liberados a su tránsito, cargados, cada vez, con tres cajas, o cuatro, o cinco, a satisfacción de ese cliente molesto. La espera quizá no fuese extensa, quiero ser justo, pero viene a mi memoria la imagen de la puerta del local. Por cada persona que se retiraba satisfecha, columpiando la enorme y colorida bolsa como si fuera un trofeo, ingresaban dos o tres que, tal como yo, no sabían bien dónde ubicarse. No se vislumbraba la formación de una fila convencional y, quien más, quien menos, todos los insolutos optaban por lanzarse en expedición por las recónditas islas de los zapatos que no tenían pensando llevar, pero no tan lejos como para quedar ocultos a la mirada del vendedor que primero despachase al idiota que jugaba con su tiempo. Entonces, tres objetivos contrapuestos: respetar un ilusorio orden de llegada; conocer alguna rareza del esquivo reino de los zapatos; volver pronto a casa con mis zapatos de gamuza. Estaré poco tiempo en casa, creo que me faltan algunas cosas que comprar y después me despediré de un par de amigos, así que a la lista deberé sumar un par de botellas de vino del bueno, y pienso que si me trabo en lucha con el desorden que vengo criando, es posible que triunfe, e incluso sería necesario, pero acabaré maltrecho y lo poco que dure el domingo hasta que por fin embarque no será suficiente.

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