El final de mi carrera

Alguna vez se me ocurrió que lo mejor que podía pasarme en el futuro era ser periodista. De hecho, a los siete u ocho años, los lunes redactaba en un cuaderno los rudimentos de un diario. Pegaba las fotos que tomaba de un diario de verdad y después me quedaba contemplando mi obra. Mi temario era bastante corto, como siempre han sido mis intereses. En aquel entonces era la fecha del campeonato de fútbol y poco más que eso. Cuando por alguna causa no había seguido los partidos a través de la radio, apelaba al archivo. Alguien se había apiadado del pibe sin biblioteca regalándole una pila de revistas El gráfico. Y así.
Pronto me cansé, no tanto de redactar noticias, que es un lindo ejercicio, ni de pasarme horas y horas pendiente de lo que pasaba en canchas remotas entre equipos de los que no conocía los colores de la camiseta, sino de escribir mi diario a mano.
Ahora se me ocurre que tal vez lo mío tuviera alguna pretensión de posteridad. O cobijaba la esperanza de que alguien lo leyese. Me interesaba, creo, que ese alguien no tuviese que lidiar con mi caligrafía.
Cada vez que escribo a mano y quiero hacer buena letra me transporto de inmediato a esos últimos días como periodista.

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