Ojalá hubiese apuntado alguno de los versos que el Bocha tuvo el grandísimo coraje de recitar para mí. Acaso pudiera repetirlos una y otra mientras dura bajo mis pies el pasillo y quién sabe si no también después de trasponer ese episodio brusco de la edificación que en castellano gustamos llamar puerta. No podría decir qué tan necesario es el oxígeno en este borde de la asfixia. Sin embargo, por esa manía que copié de las personas, puedo, sin proponérmelo, dar mi carne toda a la costumbre. Padecer, por ejemplo, la violenta cercanía del techo y, de ella colgada, dos tubos o mil, tanto da, siempre encendidos, tal que aquí abajo es siempre noche, es siempre invierno, y las cosas toman para sí ese cariz grisáceo que yo sólo conocía por algunos libros, por aquellos sin duda portadores de un terror de pelaje suave al tacto. Qué más, qué menos, colgado de un verso me pasaría toda esta mañana y aun las que puedan venir. Me bastaría solamente que no fuera este que me arrumba al repetirlo, este que no cesan de escandir los yoes que me agusanan, ese que dice ya nadie se acuerda del Bebe Bonomini.

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