A manera de elegante disculpa y antes de que me lo pidan

Y en circunstancias así, aunque no sea un ejemplo muy agradable para traer a cuento en la mesa, la cosa no funciona muy diferente que en el baño. Sí, hay un llamado, y el convocado por la urgencia se dirige tan pronto como puede y se pone en situación de, aunque el llamado en un primer momento luzca aquí y allá como una falsa alarma. En el recuento escrupuloso nada queda afuera: el techo lejano y sus telarañas, los azulejos y el sarro que los come, la rejilla y esos cabellos que no pueden tener otro dueño que yo mismo, la colonia, flamante regalo que nunca uso, quizá con la excusa de que tampoco me he sentado a escribir la carta en que necesariamente planeaba agradecer el detalle, el papel allí, al alcance de la mano, a la espera de ser escrito pasionalmente y la ronda del tiempo que primero da gusto y después marea, y después desencanta y después, en medio de la inquina que supone volver a casa con tan magro botín, el dictado que señala que se ha hecho la hora de volver las armas a su sitio.

Toda esa ceremonia me resulta ajena. Yo soy de los otros. Si no es fácil, es imposible, de modo que ante la menor sospecha de falsa alarma, hora infértil o de lo que mierda sea atrofie la intentona, me pongo a hacer otra cosa. Hay una vida y a veces no sé si tanto. Espero sepan comprender.

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1 comentario en “A manera de elegante disculpa y antes de que me lo pidan”

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