Los padrinos

Se lo hubiera dicho, sin dudas, pero a qué buscar la complicidad de una mujer tan bien ocupada, porque pucha, mellizos, eso sí que es ocupación y no las mañanas inútiles que uno le cambia al régimen por monedas.
¿Y si fueran mellizos? Por un segundo me detuve a pensar que en casa solían ser muy amigos de la iglesia y los domingos, casi por inercia, tocaba lucir la ropa para ese día reservada y ubicarnos allá en el fondo, en un banco retirado con otros como nosotros, los pobres, pero incluso así nunca supe bien de qué iba el bautismo.
Vi muchas fotos. Mamá siempre guardó las fotos en una caja enorme forrada en tela a cuadrillé azul y las chicas y yo, muy cada tanto, metíamos nuestros dedos sucios de infancia, desordenábamos lo que supo estar ordenado con tal de sacar una y sólo una foto y ponerla casi a las barbas de papá o de mamá y preguntarle éste quién es.
Y ese era Guillermo, por decir algo, tipo obtuso como pocos, que sin embargo se hizo amigo de la familia cuando se acababan los setenta, y esa era Beatriz, la mujer de Guillermo, conocida por mi madre bajo el mote de la yegua, todo por culpa de su trabajo de enfermera y su modo de colocar inyecciones que le hacían a uno ver en detalle la vía láctea.
Esos eran los padrinos de la Laurita; yo no tenía, o sí y eran mis difuntos abuelos, a quién se le ocurre designar para un cargo así, pero ahora yo estoy en las gateras. ¿Y si me eligieran?
Adiós, señora, que le vaya lindo.

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