Magias de la oficina de correos

Fueron varios los días sin sol hasta hoy, que hemos sido bendecidos, la ciudad, yo, todas estas cosas, por una luz no desdeñable por el hecho de su tardanza; al cabo, la ciudad, yo, todas las cosas, hemos tomado debida cuenta de que, arrancada del almanaque la hoja del interminable mes de julio, toca el mes de Augusto y no sé bien si tenga algún asidero la superstición de que esta es la temporada que se lleva a los viejos, pero es norma por todos acatada que es preciso redoblar los cuidados, mirar dos veces antes de cruzar la calle, no hacer demasiado caso al pronóstico del tiempo y levantar la bufandita, aunque más no sea para que le haga compañía al saco en el perchero y después estorbe un poco en el cuello, no perder de vista los horarios de la medicación y el día de visita al matasanos. Claro que ninguno de nosotros habrá de reparar en que esa superstición tiene más años que el primer traidor y bien podría suceder que ella misma esté primera en la fila de los que el viento de agosto ha de barrer, salvo que queden un par que la recuerden, qué digo un par si con uno alcanza. La verdad avanza, y no siempre, con paso tembloroso; en cambio para los camelos siempre hay una vía rápida.

¿No es cierto, patrona? tuve ganas de decirle una muchacha en mujer devenida, que a las chuequeadas se hacía lugar en uno de los corredores más transitados de la plaza del fundador, el que da frente al correo, porque, aprovechando que hay sol y esto no puede durar, vine a sentarme un rato a ver la gente pasar. Pero no, qué iba a decirle. Bastante tendría con sus mellizos, el tránsito con el carrito doble, las dos mamaderas, el improvisado depósito de pañales, dios mío, ha de ser un percance por el que nadie querría pasar dos veces.

Prefiero la vista sobre esta calle. Desde la opuesta se ve la entrada al casino pero no puedo resistirlo. Pasan los años, se arrumba la osamenta de las edificaciones truncas de la década del ochenta, pero el templo de la diosa timba no deja de crecer. Antes de torcer el rumbo solía hacerme una escapada los sábados por la noche. Jugaba un par de fichas en la rula, tomaba un wiscacho, daba una vuelta y volvía a casa. Era la más económica entre las salidas posibles. Después vino la función pública y con ella la abstinencia, lo que bien mirado es todo un lujo si se lo ve bajo la farola de este gobierno. Parece que no hay vacantes en la planta para los que no son habitués. Pero no hagan caso: no tengo la menor intención de hablar de esas cosas el día de hoy.

Dos, tres de la tarde, viejas que entran, viejas que salen, apretando la cartera debajo del brazo, enfundadas en sacones con corderitos que se meten debajo del cuello y chalinas, mirando para los dos lados, no sea cosa que alguien se dé cuenta de que han caído de nuevo en las redes. No hay problemas. Es siete. Hay metálico. Los salones dorados parecen hormigueros y entre hormigas no vamos a andar pisándonos la manguera.

Por eso es mejor frente al correo, uno de los edificios que más me gustan. Sus terminaciones en canto rodado lo asemejan a una fortaleza más apropiada a la época de los malones. Por lo demás, nada que pueda sorprenderlos: escaleras, rampas, puertas giratorias, ventanas enrejadas, canteros hace ya demasiado abandonados.

Uno de cada diez, estoy seguro, sube la escalera para recoger algún envío que no cupo en el buzón. Esa papeleta es emocionante, encontrarla debajo de la puerta supone, en principio, la molestia de acomodar la tarde para emprender la aventura de arrimarse por la oficina del correo antes de que cierren, lo que no siempre es sencillo. Sólo la inquietud de no saber quién sea el remitente y por ende tampoco tener la menor sospecha acerca del contenido genera una cierta picazón. Subsanada la primera incógnita, el mundo todo es mucho más sencillo. Incluso más: cualquier rata puede jactarse de su necesidad de cancelar una cita cualquiera para concretar este trámite. Su nocturnidad ya ha hecho de él un episodio mágico. La papeleta blanca con detalles en azul y amarillo, escrita a las apuradas por el cartero, posiblemente sobre una superficie que no atinaba a quedarse quieta cuando no burlando la imprescindible horizontalidad que al papel le solicita toda correcta escritura, habrá de trocarse en un objeto que otro ha querido valioso para uno. Y eso sólo por el solo hecho de ser entregada en tiempo en forma a un empleado, que en primer término echará maldiciones sobre la grafía del cartero y después se meterá detrás de una misteriosa puerta. Al cabo de esa aventura dentro de lo que ya es una aventura, el tipo traerá el paquete, lo echará del otro lado de la ventanilla, escupirá alguna formalidad y recibirá un saludo que acaso roce la euforia.

Acto seguido, el cliente, a esta altura convertido en una bolsa de nervios de impaciencia, se sentará en un banco de la plaza del fundador, el más cercano que encuentre y abrirá el sobre. Puta que es lindo recibir cartas, ¿no es cierto, patrona?

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