Anillo al dedo

Tomada como cierta la sentencia aquella que decía que mañana es nunca, el sábado primero, sin pensarlo demasiado, examiné la escasa solvencia por mi billetera denunciada y me dije está bien, pero sólo por esta vez y sólo por esa vez lo hice, en realidad me convencí de que sólo lo haría esa vez, pero no, nada de eso. Así es que el sábado segundo, más nutrida por el brillo cercano del día de cobro, y también por ser sábado y dar por hecho que cualquier trámite en el súper demandaría un buen rato, me aflojé y volví a pasar frente a la góndola en la que lucen los alcoholes. Me sorprendió, y gratamente, casi al punto de dar un salto, el hecho de encontrar la misma botella que el sábado primero a un precio sensiblemente menor. Esta noche es una buena noche, me dije y actué en consecuencia.
Tomado el consejo de vadinho, bien que un poco tarde porque la puntualidad es algo que me olvidé en un rincón de la adolescencia, decidí arremeter contra un pinot noir. No fue una de mis marcas predilectas, al contrario. Con el tiempo, a fuerza de sentir en los bolsillos el flagelo de la macroeconomía, me hice a la costumbre de enjuiciar a los vinos por su marca, en la medida en que me fue dado saber de ella o, más acá en el tiempo, amputados varios grados de libertad en la elección, por la musicalidad del nombre, por la nostalgia de algún episodio pretérito que cuantimenos me deparase una vaga familiaridad o, en última instancia, por capricho. Y la sílaba “cho” cae como anillo al dedo, ¿quién elegiría un vino que en su nombre la incluya? Más allá, ¿no son detestables todas las marcas que incluyen fonemas como “che” o “chi”?
No había otro pinot noir que no fuera el de esta marca, y qué decir como balance que no sea declarar a enorme gratitud por la recomendación porque, como bien anticipaba mi consejero, este es un vino con temperamento propio. Es más: de sábado a sábado me demostró que podía cambiar de humor en función de la semana que atrás había quedado.
Un milagro. Como quitarse de la mano un anillo y calzarlo en un dedo ajeno y querido.

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