Lo escucho, tío

En cierto punto creo que el problema no es el trabajo en sí, bien que por monótono y mal pago no sea el mejor entre los posibles, sino el medio ambiente. Me refiero, por ejemplo, a los vecinos de oficina, esos tipos con los que compartimos tantas horas a la semana sin haberlos escogido, algo así como compañeros de un interminable viaje en tren que en virtud de esa vecindad involuntaria se han creído idóneos para invadirnos hasta el pensamiento.
De a ratos se parece a un matrimonio. Nos guste o no, poco -casi nada- del quehacer diario queda afuera. Uno acaba por enterarse si el otro soñó o dejó de hacerlo, con quién y hasta qué horas, si planea comprarse un vehículo o le han regalado una mascota, si se bañó o le regalaron un perfume importado. A un compañero de oficina uno acaba por conocerle sus pantalones, los arranques que le depara su humor de perros, el sentido y oportunidad de cada uno de sus silencios y, por si todo esto fuese poca cosa, puede oírlo hablar por teléfono y decirle en tono de jologorio ¡así que vas a ser tío! porque eso parecía enterarse él mientras sostenía el auricular contra la oreja o, incluso mejor, dejar que pase un rato para que la noticia se asiente porque, después de todo, él espetó algo así cómo ¡¿y se sabe quién es el padre?! y puso una cara que bueno, bueno.
Qué sabrán estos paparulos, piensa uno que está un poco podrido de que se enteren de que alguien querido se ha ido para siempre por culpa de ese brotar de lágrimas y de mocos que los obligó a preguntar che, qué pasó, qué desde ahí, detrás de un escritorio con la vista puesta en kilométricas planillas y los lentes en la punta de la nariz, qué del perdón del padre, llegado después de sabe dios cuánto rato y tal vez por culpa de la enfermedad que lo viene jaqueando, entonces, de puro resignado nomás, uno se pone a pensar que la criatura tal vez llegue en febrero, ojalá, y que aunque el padre sea un tipo casado, maldita la hora en que las pendejas miran esas novelas en la televisión donde las heroínas con embarazos meten presión a sus galanes, qué lejos la vida, tal vez él aferrado a esa fantasía de ver a su nieto lleve del mejor modo el tiempo que le viene faltando.

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