Su madre

¿Qué estoy haciendo acá? Lo pensé por un momento, como si me despertarse de una larga siesta en un ambiente hostil. No era para menos. Un supermercado nunca es un medio amigable y, en efecto, recién me levantaba de dormir una siesta, una larga siesta que fue seguida de un par de horas de lectura detenida y aguda, por no decir empantanada, lo que me sumía en un letargo vecino del fastidio sin motivo.

Estaba, claro, haciendo la cola para pagar el par de cervezas que había levantado. Sospechando que el trámite llevaría un buen rato, ya con las botellas en el canasto, anduve rodando por todo el local. Indagué los precios de productos de limpieza y me demoré en la parte de los cosméticos. Desde que asumí la vejez como una tormenta inminente dejé de creer que hubiera gente pasible de engaños envasados en frascos multicolores con cremas anti-arrugas, tratamientos de hidratación, enjuague capilar para todos los tipos de cabellos, los inventados y los que a la brevedad se nos van a ocurrir.

Me sentí ajeno a todo eso y miré qué había de nuevo entre los vinos. Algún que otro buen precio. ¿Pinot Noir? Sólo Trapiche y a nueve pesos (otro que va a esperar hasta la primavera). El Vat 69 está a 16 pesos (creo que la semana que viene le hago un tiro). Rumbeo hacia la caja. Elijo la del único cajero varón en la esperanza de que el cliente medio sea como yo, que siempre escojo a la cajera más linda aunque tenga que esperar media hora para que me atienda, que justo se le acabe el rollo de tickets, que no tenga vuelto, que a la señora del chal fucsia la máquina no le lea la tarjeta y se muestra dispuesta a hacer un escándalo, que a un niño traviesa la cinta le agarre la mano y lo haga gritar como un marrano.

Me equivoqué. La gente prefiere al cajero y el cajero es bastante lento. Se toma su tiempo para contar el dinero que ofrece como vuelto y embolsa la compra de las viejitas. Yo me distraigo mirando a mis vecinos en la fila, padre y dos hijos, nene y nena. El es tan parecido a su padre que me vienen deseos de golpearlo. A él y también a su padre. Pregunta con insistencia y no se queda quieto. Por cada viaje que emprende trae multiud de datos dichos en voz alta y propende a los inventarios. Recuenta por ejemplo las películas de la góndola. Informa cuáles vio y qué le parecieron. Después dice que hay filas que van más rápido. Que hay canastos vacíos pero en cajas apartadas. Que se cansó pero es preferible tener las cosas en un canasto a no tenerlas o a tenerlas sin canasto. La hermana, Camila, es encantadora.

El tiene flequillo y voz de corneta. Ella tiene un hermoso dibujo de labios y una cuarta menos de estatura, pero habla menos. Se la nota ubicada, elegante, creo que podría enamorarme con toda facilidad de la madre que la viste así, con un saquito café con leche con cuello de corderito y pantalón verde de corderoy. El pelo apenas largo, recogido pero no tirante, un par de aros azules con forma de estrella que seguramente la avergonzarán cuando crezca.

Cada tanto reprende a su hermano. Cada tanto me mira. Cada tanto reaparece su hermano y sus comentarios impertinentes. Dice que está fila va más rápido y por una vez es cierto eso que ha dicho. Pasan sus cosas. Camila, embolsá, ordena el padre. Paso yo. Pongo doble bolsa. Son 4 con 98 y pago con 6. Recibo el vuelto y los miro irse. El hermano, megalómano, quiere irse a otra parte. Algo le llamó la atención. Ella lo devuelve al camino. El padre, campera cool, pantalón de gabardina Wrangler azul noche, los mira.

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