Tras la huella del jazzman perdido

El sábado pasado escuché íntegro y por primera vez el programa que hace Bobby Flores en radio Spika. No sé si fuera el efecto de la fiebre sobre mi organismo o el cansancio mismo de estar horas y horas dando vueltas en la cama, tosiendo o sonándome los mocos que prodigiosamente todavía siguen manando, el hecho es que disfruté de tres horas reloj de la expresión superlativa del rocanrol y sin presentadores molestos. El mismísimo Bobby, acaso conciente de sus problemas de dicción, se jactaba de estar en las bandejas y nombraba un tema de cada cinco, como para no darle a uno la sensación de perfecta soledad.
Si aclaro lo de tres horas reloj es porque, en efecto, el programa va de nueve a doce de la noche, pero para mí fue una semana. Había bajado del todo la persiana de mi habitación pero no podía conciliar el sueño. Cerraba los ojos y veía colores que me remitían a lo mejor del flower power, pero esto es por completo atribuible a la alta ingesta de antibióticos que, así como han aventado, y después de varios días -hay que decirlo-, al resfrío que padecía, lo han hecho a cambio de una acidez estomacal sin precedentes. Al día de la fecha no reconozco los sabores. Parece mentira pero el dulce de leche me resulta familiar por su textura, no así por su gusto, que al menos no me parece asqueroso, como la mayoría de las cosas de este mundo.
Lo que no puedo recordar, es el nombre de un intérprete de acid jazz, de quien Bobby pasó un tema en vivo que debe haber durado ocho o diez minutos. Alguien debe conocerlo. Aparentemente el tipo hacía esto que se ha puesto recientemente de moda sólo que a finales de los setenta y con nula repercusión. Fue la aparición de estas banditas que reverdecieron los laureles del género, lo que motivó que alguien se acuerde de él como el único capaz de enseñarles a tocar “acid jazz en vivo”.
Yo tenía fiebre así que mi sensación fue más que confusa, pero les juro que el tipo parecía una sinfónica y sólo estaba tarareando, como hace durante gran parte de esos ocho o diez minutos. Algo realmente conmovedor.

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