Novio

Lo recuerdo viejo, adinerado, con una tos que podía oír desde el patio de mi propia casa aunque dos cuadras me separasen del portón de alambre colorado. Viejo quiere decir pelado, con unos pocos pelos blancos formándole una coronita, poniendo límites a una frente morena. Adinerado nada más porque decían de él que tenía plata. O por lo menos una cuenta en el banco y en aquel tiempo eso era indicio de tener mucha plata. Para la gente común, el banco era una oficina extraña que por fuerza pedía atención un par de veces al mes. La una, a cobrar el sueldo. Uno se hacía anunciar en un mostrador, el dependiente tildaba un renglón de su planilla y uno debía esperar a que lo llame el cajero. La otra, a pagar. Luz, gas, impuestos. El peor día del mes. En esos todos coincidían.
Sin duda le quedaban pocos años. Quiero decir: no es que a Georgina le sobrase juventud, pero cuando dos viejos se juntaban el avispero se alborotaba y de más está anotar que éramos lo suficientemente pocos como para saber si éste o aquél andaban haciendo trampas así que lo mejor era juntar la pilcha y a otra cosa. Y así lo hicieron.
No les importó el murmullo, qué va, más bien creo que Georgina estaba feliz de estar de nuevo en un sitial que habría creído perdido para siempre. Futura heredera del botín o no, se paseaba sonriente por las callecitas de tierra y elegía a quiénes saludar y a quiénes darles vuelta la cara.
Pero el viejo nunca se murió. Todavía se oye su tos en el fondo de las noches.

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