Ravioles

La vieja Georgina una vez vino a casa no sé con qué excusa y me invitó a comer ravioles. Sería un domingo, seguro, y me invitó para el próximo. Es la casa con las rejas rojas, me dijo, cruzando la pasarela, no te podés perder. Pero mi mundo en esa época era muy pequeño. No sabía bien cuál era la pasarela y apenas podía imaginarme que hubiera alguna casa con rejas.
Siempre que iba a jugar a la pelota, cuando cruzaba la pasarela me acordaba de la vieja y de la invitación. Mi mundo era un poco más grande. Ya andaba a un par de cuadras de mi casa y podía ver que las rejas rojas eran en realidad los delgados hilos de un alambre y poco más que eso. Claro que ese domingo yo no fui. Mamá no me dio permiso. O papá. O no recordé que era domingo porque cuando uno es chico todos los días se parecen demasiado entre sí. O tuve miedo de perderme y volver a casa con el mismo hambre con el que había salido.
Ya era un poco tarde. La vieja se había conseguido un novio y se la veía sonriente. No como antes.

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