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Me quedé con ganas de verla. Hice todo el trayecto pensando en la última vez que estuve con ella. Esa vez le leí tres o cuatro veces un cuento de su libro. Y a su vez, ella me lo leyó a mí, en su versión, que en mucho supera a las que yo puedo decirle porque -debo decirlo- yo me ato a lo que dice, a esos símbolos que ella no entiende, o quizá entienda pero prefiera las fotos y lo bien que hace. Para ella es liar los dibujos con algún resto de lo que yo leo. O imaginar, derechamente imaginar, que Facu no quiere llevar al zoológico a su gato Café con leche porque al gato le gusta hacer quilombo. Y es posible que sí, que el gato haga quilombo y su dueño trame no llevarlo en su paseo, sólo que yo lo diré más o menos igual la primera vez y la cuarta y todas las risas serán de ella -yo guardo la mía bajo siete llaves- pero es posible que ninguna lectura me dé tanto placer como esa. Esa que hoy me faltó y es una pena: tenía una buena noticia para darle.

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