Zapatero

Tuve la suerte de criarme en la cercanía del cuartel de bomberos de mi pueblo, lo que de algún modo siempre me tuve en estado de alerta porque, mal que mal, todas las semanas se escuchaba el sirenazo que a todo el mundo ponía los pelos de punta. No recuerdo bien cómo era el código, pero creo que los tres golpes de sirena eran la señal para los bomberos voluntarios del pueblo de que había que ir a apagar un incendio. La autobomba tenía una limitadísima capacidad y los muchachos eran puro corazón, así que las más de las veces el esfuerzo era inútil, pero para los pibes del barrio eran héroes ataviados en traje rojo y casco.

No los conocí a todos, pero me hice más o menos amigo de Reyes, que además de pelado era policía y no se trataba ya de que mi casa solicitase su auxilio a menudo ni que yo fuese un pibe simpático entre esa manga de atorrantes sino que pasé muchas tardes cerca del cuartel. La excusa era la canchita de fútbol. Tenía los dos arcos y eso superaba en mucho a los campos de juego improvisados en medio de la calle con cuatro piedras a manera de arco.

La otra mitad era la pertenencia a una gavilla, la de los hermanos Pérez, Cefe y Pedro. Según mi viejo ellos eran cualquier cosa menos Pérez. Sin duda no eran Pérez más que por algún capricho del registro civil porque en esa familia tenían toda la pinta de indios. Tal vez el más aindiado era Cefe. Bajo, morrudo, el pelo negro brillante y ciertos rasgos simios hacían que mi padre, quizá también mi madre, se refirieran a él como “ese que se parece a san Ceferino”.

En rigor de verdad no hay ningún san Ceferino y el santo al que se refieren papá y mamá es Ceferino Namuncurá, un mapuche que hizo no sé qué prodigios, y es una especie de santo patagónico. Quizá ya se haya extinguido la pasión de nuestra gente por tan hidalgo antepasado. O haya quedado limitado a la comunidad aborigen. El caso es que, hasta donde yo sé, Ceferino nunca pasó de beato y a todos un poco nos gusta echarle la culpa al Vaticano por el desgano con el que han encarado este trámite.

Volviendo a la canchita, cada equipo era encabezado por uno de los Pérez. A mí me gustaba jugar para Cefe, no porque creer que en su figura tenía a dios de mi lado, sino porque Pedro pasaba poco al ataque. En cambio cuando avanzaba Cefe, pelota al pie, cabeza levantada, metía miedo. Miedo de verdad.

Yo era muy chico. Jugaba atrás. Me decían Schumacher porque, aunque nada tenía de zapatero, los muchachos creían que algún parentesco podría tener con el arquero alemán. Por supuesto: ignoraban que antes hubo otro más cercano a mí: Sepp. Sepp Maier.

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