Piolín

Los caminos del yo son previsibles, tienen forma de embudo. A poco de haber superado estadio, basta echar la vista atrás para colegir que nada pudo ser demasiado distinto de lo que fue y hasta al más estúpido de los mortales lo asiste la duda irresoluble: ¿estoy cumpliendo el libreto que otro ha escrito para mí?. O incluso peor: ¿no hay una mano que guía estos pasos? Pero con el simple acto de verificar que las manos se mueven a nuestro antojo y no habiendo en ellas señales de piolín alguno, podemos apretar el puño o golpear las palmas en la seguridad de que hay una dirección nacida de nuestra propia entraña. Más adelante, nos hacemos empresarios. Contratamos empleados que tejen escarpines o procesan datos, que ríen de cuando en cuando, que interrumpen la tarea para tomar mate o para salir al pasillo a fumar. El yugo, la paga mensual, se convierte en el piolín. Un pilín un tanto lánguido. Eso es cierto en la medida que no está de más sembrar periódicas amonestaciones, indagar un poco en sus vidas, hacerles saber que la calle está más dura que nunca. Pero no hay caso. Hablan entre ellos. Un poco menos cada vez. Es evidente que el paso del tiempo, la forzada convivencia en la jaula de rejas imaginarias, tiende a crear entre ellos un lenguaje común y esa jerga requiere brevedad. La mueca de uno es un fallo en el sistema. La media sonrisa de otro es el recuerdo del chiste que alguna vez fue afectivo. Un dedo en alto es la señal de que hay que preparar mate y conocidas las habilidades de uno y de otro, cae de maduro que para alguno de ellos ese dedo en alto es una orden. El jefe los ve y piensa por un momento que dentro de su propia burbuja está sometido a leyes peligrosamente simétricas, que él mismo suplica al reloj que dé la hora de volver a su casa y que la sirvienta se haya acordado de que hoy no cumpliría en verdad años si no lo esperase su plato de risottos a la hora de la cena.

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