Hoy es el cumpleaños de Kaputt. Justo me tocó a mí el día, pero Paulita se adelantó con los festejos, aunque, he de confesarlo, yo no tenía ni la remota idea de cuándo la rueda empezó a hacer lo suyo. A menudo nos pasa, al menos a los que tenemos la malsana costumbre de tratar de publicar algo todos los días, que nos olvidamos qué día es. Así, no es extraño que las efémerides sufran un desdén que -por supuesto- no es buscado sino encontrado. Kaputt es cosa buena. Queda mal que lo diga porque soy partícipe, pero incluso antes de sumarme como miembro estable (a ruego de Massei y de Balduccio, una tarde de setiembre en La Academia), cobijaba la sospecha de que los blogs o, para mejor decir mi blog, este blog, concebido como empresa individual, no tenía mucha vida por delante. Es así nomás. Aunque uno no lo quiera, el blog acaba por convertirse en un medidor del propio pulso. Por desesperación se alcanza una velocidad frenética y por hastío se van los días sin que haya una señal de vida. Y así los raptos de lucidez y las turbiedades, las tristezas y los pum para arriba, casi como un ser humano. Tan entrañable como digno del mejor de los desprecios. A un tiempo o alternadamente. Qué importa. Después de todo, la realidad de esa dinámica se hace carne en el autor del blog y no en el lector, que tiene a mano decenas y centenas de otros blogs donde posar la vista. Parecidos, diferentes, mejores, peores. Miles. Cuarenta y un millones, si es que damos fe a lo que dice technorati.com. Entonces la única alternativa es alzar el listón. Armarse de paciencia y juntarse con otros que también tengan ganas de tirarle a la luna con balas de fogueo y acostumbrarse, está claro, a los tires y aflojes, a los dimes y diretes, que supone cualquier emprendimiento que involucre el concurso de más de una voluntad. Eso que a primera vista parece lo malo es el costo que hay que pagar. Son las rodillas peladas de fallar una y otra vez en el intento, que siempre es mejor que nada. Eso también queda claro. Por los que están ahora, por Massei, por Genovese, por Freidemberg, por Vignoli, por cada uno de los que se apuntaron cada domingo y por la voracidad lectora, Kaputt celebra su primer año.

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