Lo ganado y el ganado

Un día de estos se acabará -por fin- ese espanto de las nacionalidades, los símbolos en que cada una descansa, y sobre todo se quedarán sin tema los antropólogos que rastrean el ser nacional. Brega que roza el imposible, eso está claro, salvo que uno escoja, como yo, juntar lugares comunes para decir, por ejemplo, que el siglo xix deparó el bronce a ciertos estereotipos consagrados como próceres y el xx, a falta de mejores noticias, a los ejecutantes más o menos afortunados de los deportes de mayor predicamento.
Así, poco ha de extrañar que hoy, hace un rato nada más, una multitud se haya congregado en un estadio de fútbol para despedir al equipo que representará a la divisa nacional en una copa del mundo.
En la radio oí a un comentarista de voz añosa y ronca decir que esta despedida no tiene precedentes. Se apoyaba en las siete llaves que custodiaron la preparación del equipo de 1978 y la alharaca política de 1986 que no alcanzó para derrocar al entrenador de entonces. En una y en otra ocasión, el equipo argentino se adjudicó el torneo. Los gobernantes de turno no desperdiciaron la ocasión para tomarse fotografías con los devenidos héroes ni para incorporar a sus discursos este logro, uno nuevo para la nación pujante que aspiraba a meterse entre los protagonistas del desaguisado universal.
A la despedida de hoy se convocó a algunos integrantes de esos equipos campeones para un gesto trivial: entregarles la camiseta a los nuevos seleccionados. La elección entraña un dejo de memoria selectiva que merece rescatarse. No se citó, por ejemplo, a los participantes del subcampeonato de 1990. Queda claro que es el campeonato o el olvido. La gloria o Devoto, como dicen por ahí.
También decía el comentarista que en cierta oportunidad, charlando con un colega holandés, no perdió la chance de abordarlo para preguntarle: ey, ¿ustedes cuándo van a ganar una final? El holandés, según cuenta este buen señor, le respondió sin altivez: nuestra pelea es contra la inundación, esto es un juego. Y que Konrad Adenauer, el líder de la posguerra alemana, dispuso que Alemania no disputase la copa de 1950. Había un país por reedificar, qué era un campeonato de fútbol. Cuando el mismo equipo ganó la copa de 1954, él dijo: hoy once alemanes le ganaron a once húngaros y nada más.
En la copa de 2002 pocos argentinos apostaban por un fracaso tan estrepitoso. Las ruinas de la institucionalidad republicana, de la economía real, de la moral colectiva fueron sólo la escenografía de aquella tristeza. Supongo, permítaseme la exageración, que la crisis fue más crisis por aquella pobre perfomance. Hoy, en cambio, no ocultamos nuestra vocación de ser arreados. Hoy a una cancha de fútbol, mañana a una plaza. Ya veremos para qué.

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