Le hice un espacio en el bolso a la flamante tarta de jamón y queso, corrí a casa y me dispuse a comer. Prendí la máquina, puse el disco de Joy División y con la idea de trabajar oyendo Closer, tres, cuatro veces, lo que pudiera antes de caerme de sueño. Hice de la tarde la noche que necesitaba y de la noche, mi hora más fecunda. Dormité una hora y media o dos. Llegué al trabajo. Imprimí. Taché y reescribí con letra de tinta roja. Parí la versión definitiva y la eché al correo. Y ahora a desayunar. Mates y galletitas Tía Maruca. En la cocina estaba él, un vendedor de medias de mujer. Si no fuera por su enorme bolso verde, no hubiera podido reconocerlo. A su turno, cada una de mis compañeras le reprochaba que no había traído éste o aquél encargue. El se encogía de hombros. Yo no le creí una sola de sus promesas. Llevaba anteojos. Era imposible que llorase.

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