Charlie & Ian

Hace un rato terminé de leer El mal menor, la novelita de terror que nos legó el entrañable Charlie Feiling.
Cuando tuve la oportunidad de tratar a alguien que lo conoció en persona, no pude evitar preguntarle por él y muy sinceramente me reproché que me visita fugaz a la capital no me dejase tiempo para concertar otra charla porque aquél par de frases me dejaron sabor a poco.
¿Charlie?, me dijo mi amigo con los ojos mirando de frente a la nostalgia, Charlie se dejó ir muy rápido.
Sus razones habrá tenido, qué puede agregar uno al respecto que no sea la desazón por los comentarios vertidos por un par de pelafustanes puestos a destriparle vida y andanzas.
Por mi parte, casi sin quererlo, me encontré buscando en la novela algún rasgo de él, de su lucha contra la enfermedad y me tropecé con este párrafo que me llenó de consternación.

(…) No había nada de malo en sus palabras, salvo que sonó muy semejante a mi madre, al tipo de persona que cuando visita a un canceroso no pierde la oportunidad de señalarle que una enfermedad tan grave sólo puede ser culpa del enfermo mismo. A veces hasta los médicos caen en la trampa de adoptar esa actitud, que por cierto facilita las cosas para los que están sanos.

¿Así lo habrá vivido él?
En otro orden de cosas, o quizá no tanto, ayer por la noche pude ver una de esas joyas que se trafican en el Parque Rivadavia: un dvd con retazos de actuaciones en vivo de Joy División.
Los tracks estaban mal cortados. Eran canciones de tres o cuatro shows filmados con una sola cámara. En las imágenes, la mayoría en blanco y negro, apenas se divisaba al resto de los músicos, y el sonido era bastante más que espantoso.
Sin embargo la pequeña muestra del mito me llenó el alma y me permitió entender algo del embrujo de Ian Curtis y mucho de la importancia que tuvo la banda en su tiempo y sigue teniendo entre sus epígonos.
Casi podría decir que me di por pagado atisbando, y en este punto soy tan literal como puedo, su modo de bailar, y odié, nuevamente, a los pelafustanes que hoy se disputan el cetro, que son mucho más de un par.

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