No está más la sala de lectura. Se la llevaron a otro sitio. Es realmente una pena para mí porque tenía muchas ganas de hacer lo que hice tantas veces antes y ahora ya no puedo: sentarme a una de las mesas, en lo posible contra un rincón, abrir un libro a la mitad y pasarme en esa página toda la tarde, con un lápiz en la mano, la vista perdida en la hoja del libro, en la sucesión de ecuaciones, en la hoja desnuda del cuaderno, en el árbol que se agita contra la ventana. Todo en el mayor de los silencios.

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