Vísperas de la fiesta de los burros

la verdá que no, la verdá que esto podría funcionar como un dispositivo de relojería pero anda más bien para el culo, debe ser, no sé, me parece a mí, que a los relojes les piden la misma cosa siempre, que den la hora y nada más, entonces hay sólo una pregunta y una sola respuesta, y los tipos responden, o bien se quedan callados, que es cuando no andan, ¿no?, en cambio una caja de supermercado no anda así ni por las tapas, ¿por qué?, supongo que habrá muchas razones y no me voy a poner a inventariar porque a esta hora, muy tarde según mi reloj, me dan ganas de estar en la cama, tapado hasta la cabeza, contando ovejitas, pero como quien llama al sueño de un modo no tradicional, podría intentar una explicación, pongamos por caso que mañana, dentro de un rato nomás, es el día internacional del burro de carga, y en su homenaje ha querido el gobierno, el parlamento, la podredumbre de sus leyes, que hasta a las cajeras del supermercado les den el día libre y qué haríamos nosotros si tenemos la despensa vacía, ¿eh?, qué haríamos, pero uno, que es más bien previsor y no tiene vehículo ni es muy amigo de gastar una moneda en pagar un taxi, total, a mí me daría más vergüenza que al taxista, si vivo a tres o cuatro cuadras del supermercado y lo único que debería pagarle es un poco más que la bajada de bandera, dos pesos, que a cierta altura del mes es plata, no vayan a creer, y que gustoso lo pagaría, pero hay una cola infernal, siete u ocho familias enteras, porque los fines de semana la cuestión es cargar a toda la familia al supermercado, y hay pocos taxis, un poco porque es fin de semana y otro poco porque nunca hay taxis en ninguna parte, especialmente si uno los necesita, si llueve a cántaros, si le duele acá y tiene que salir corriendo al médico o si tiene que llegarse hasta el aeropuerto a recibir a alguien, entonces es mejor no someterse a ese trámite y cargar con las bolsitas, dos o tres que no son tanto, esas pocas cuadras y cada tanto, a mitad de la marcha, mirar como las familias cargadas con bolsas, siete u ocho, que sí son bastante, afligidas, ven como un solo taxi es el que se aproxima, carga a los que están primeros en la fila, llenan el baúl y como pueden se acomodan y quedan esperando, a que venga otro, que tampoco habrá de recogerlos a ellos, y morirse de ganas de hacerles chau con la mano y abortar el deseo para no morir bajo una lluvia de piedras o de calditos de gallina Knorr, pero el problema no es ése en realidad aunque se le parece bastante, porque si ya que estamos con que mañana es el día internacional del burro de cargas y uno por previsor que sea no tiene pan, ni galletitas o yerba para el mate y calcula que mañana no encontrará nada abierto y decide lanzarse en expedición al supermercado y hay en sus instalaciones cien familias, o quizá doscientas, que son muchísimas, cada una con su carrito, abriendo la boca, amordazando niños que se empeñan en corretear de arriba para abajo mientras mamá o papá discuten lo caro que está todo y uno, que viene medio enclenque de fuerzas apura la marcha entre las góndolas, esquivando carritos guiados por alguien que va abriendo la boca, prestándole atención a un niño que no está conforme con la posición que le ha tocado en el carrito o pide que le compren los últimos muñequitos de Barney o de los Power Rangers, y uno un poco más grande empeñado en no guardar la prolijidad en la marcha, absolutamente ajeno a la circunstancia de que su baja estatura hace que el resto de los concurrentes no le presten atención a sus movimientos o, peor aun, que se vean impotentes, incapaces de detectarlos por intempestivos, que describen en raid, hagan malabares con las cosas que compran, y finalmente, no sin la satisfacción del objetivo a medio cumplir, se aposten en la cola para las cajas rápidas, que es decir las que atienden a los que eligieron un día como hoy para comprar menos de diez unidades y la cola superado cierto punto viborea, porque está compuesta por diez, quince, veinte personas, sus carros, sus morralitos de plástico, su cerveza, sus potes de helado, y la cola que no avanza más, algo la atasca, un niño, por ejemplo, que ha metido los dedos en la cinta que mueve las cosas, o la cajera que se ha quedado sin monedas de veinticinco centavos, o una tarjeta magnética que se resiste a ser leída, o un tipo que, a mitad del trámite, descubre que en vez de desodorante de ambientes ha levantado agua destilada y sale a las corridas, porque hay diez, veinte, treinta, que detrás de él se mueren de ganas de propinarle una tunda de golpes por pelotudo, porque no hay tipo más zapallo que el incapaz de distinguir entre una cosa y otra, o el otro, un poco más pelotudo que no obstante obrar un cartel del tamaño de una catedral encima de la caja que limita la transacción diez unidades, carga ochenta y cuatro productos y como es norma que el que paga, manda, se enfurece con la cajera y amenaza con tirarle por la cabeza las diez latas de puré de tomates que levantó porque el tipo regentea un comedor comunitario, que es una obra de bien y su plata vale tanto o más que la de los otros perejiles que están haciendo la cola con menos de diez unidades y la cajera, sólo por defensa propia llama a un oficial de seguridad, otro pelotudo que no podría ganarse el puchero en otra cosa que no sea andar persiguiendo gente a ver quién se roba nada y viste un pantalón mal cortado con una raya amarilla que lo inutiliza para cualquier actividad más noble que la meramente laboral si es que podemos hablar de meros y de trabajos en un caso así, y los demás, pacientes en un cincuenta por ciento, al borde del ataque de ira, todo el resto, proponen cursos de acción, a cuál más disparatados, los hay quienes proponen que la cajera se desnude que nada convence más a un tipo fuera de sí que un par de tetas bien puestas, los hay también los que, más generosos, están dispuestos a hacer justicia por mano propia y lo hacen saber blandiendo latas de cinco litros de aceite, niños que se agitan como locos, sevillanas que podrían pasar tranquilamente como llaveros o cortauñas, y yo me alisto entre los que quisieran que la cajera se desnude, no porque sea un elemento que haga a la convicción de nadie sino porque se me ocurre que debajo de la pechera celeste y la chomba blanca e inmediatamente encima de ese corazón que de tanto latir se le quiere salir por la boca, hay un par de tetas que merecen ser placebo de esta platea enardecida, que está pronta a romper por completo la fila, que va juntando cada vez más un eslabón con otro, porque los que se van sumando por la retaguardia, meten presión empujando a sus vecinos con los carros y por efecto dominó el equilibrio es más dificil, yo sé lo que les digo, si no se calman esto se va al cuerno, y a mí me quedan tres o cuatro antes de mi turno, por eso mismo me da por las pelotas la vieja gorda que dice que no puede ser que su tarjeta esté fuera de servicio por exceder su límite de gasto, y esa otra que le sigue detrás que se niega a mostrar los documentos porque ayer nomás, hace dos semanas, vino y compró una valija, noventa y nueve pesos la pagó, y nadie le pidió que enseñara nada y de poco vale que le señalen la generosa cartelería que denuncia que en todos los casos de pago con ticket o tarjeta hay que mostrar los documentos, entonces, como no le queda otra, pide un minuto para ir a buscar los documentos al auto, que da la puta casualidad que es el auto que se está llevando la grúa, porque ni los domingos dejan de trabajar las cuadrillas municipales que se encargan de recaudar multas bajo cualquier concepto, y entonces viene la vieja, más contrariada que antes, diciendo que ojalá todos nos metiéramos la valija de noventa y nueve pesos en el orto porque encima resultó ser una porquería, otra más de las que venden en este supermercado, que seguro que importan todo de la China y se llevan la guita a un paraíso fiscal con tal de no pagar los impuestos y que esto y que lo otro, mientras el resto de la cola, todos los que están detrás de mí, incluso el otario que en vez de meterme en el orto la valija que propone la vieja ha resuelto introducirme el borde de su carro, a ver si de una vez todos nos vamos a casa o a la puta madre que nos reparió, que vendría a ser casi lo mismo, sólo que si yo estuviese en casa, si no se me hubiera ocurrido que me estaba por quedar sin pan, sin galletitas, sin yerba, ni me hubiese pasado por la cabeza levantar una botellita de vino, no para tomarla sino para hacer bodega, que el Rodas estaba a un precio que era de regalo, lástima que por culpa de este sinvergüenza que me empuja el vino se caiga y nada es que yo vaya a levantar de la góndola otro que lo remplace sino mi pantalón nuevito, borracho de vino Rodas desde la cintura hasta media pierna, no si es lo que yo digo, esto podría andar un poco mejor

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2 comentarios en “Vísperas de la fiesta de los burros”

  1. Impresionante. Cómo te sale ordenadita la verborragia, se entiende todo perfecto, qué envidia, me caigo y me levanto. Por lo demás: hoy justamente entré y enseguida salí disparada de un súper enormísimo pero atiborrado, para meterme en el chino de la esquina. Las aglomeraciones, yo qué sé, lo hacen sentir a uno aglomerado.

  2. ayer lo mismo pero a unos ochocientos changos de distancia estaba yo, toda convertida en rambo (que es lo que me ocurre en el supermercado) decidida a abandonar toda amabilidad que no viene al caso como ceder el paso, ayudar a alguna viejita, sonreírle a un infantojaponés.
    por una cuestión que todavía no me explico, había un lugar en el estacionamiento, una caja vacía, y algo sobrenatural que afortunadamente me sacara ligero de la escena del fin del mundo, de la guerra nuclear, de la postergada visita marciana exterminadora.
    compre agua Fander…

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