Bigger than a big bamboo

Los días up, estos que vivo al mango aunque duerma dos horas por la madrugada y dos o tres por la tarde, son esos en que tengo la sospecha de poder con todo lo que se me cruce adelante. Y de hecho que todo lo podría si me fuera dada una herramienta que todavía no ha sido inventada. No sé cómo llamarle. Podría ser un exprimidor de sueños. Ya no me hacen falta las imágenes de los sueños. Creo que con los audios estaría bien. Es que por ejemplo hoy, un día up, el segundo consecutivo después de muchos días down, me acosté a alimentar mis sueños vespertinos sin poder quitarme de la cabeza un texto que había leído un par de veces y me removió algo que, si yo fuera líquido, diría que son pequeñisimas partículas sólidas que buscan su destino, que vagan sueltas de aquí para allá y se resisten a encontrar su sitio, que es el fondo del envase. Y todo el sueño fue hablar, hablar y hablar, que en realidad era escribir, tachar, volver a escribir, un largo ensayo que bien podría novelarse, porque en verdad no soy lo bastante racional como para encontrarle el justo orden a las cosas. Entonces siento que estaría más cómodo escribiendo algo que a primera lectura sonase como un tembladeral y que sólo después de muchas relecturas, que creo que sólo yo soportaría hacer, lo aclaro por las dudas, iría eslabonándose, tomando entidad orgánica y -de nuevo- autosuficiente. Pero no hay ese aparato y debería existir. Lo imagino un anillo a colocar en el dedo chiquito de uno de los pies con salida a una capturadora. Después a restaurar los archivos. Me faltaría un puerto USB en la computadora y comprarme una grabadora de CD para tener todas las copias a resguardo porque, podrán sospecharlo, un buen día del señor se pincha mi disco rígido y pierdo una biblioteca entera de sueños dichos y refutados, monólogos como el de Molly Bloom, pero mucho mejores, porque estarían en carne viva, sin corregir, salpicados de la humana errata, arcilla, ¡mi arcilla en millones de bytes!, pero en los días down, los otros, esos en que me acuesto a dormir como quien un par de veces al año agacha la cabeza, mejor sería decir abre la boca, y se entrega al dentista, no recuerdo nada de lo que sueño, tal vez porque duermo con los dientes apretados y día a día siento como hay un diente incisivo disconforme con el lugar que le toca en suerte que avanza y avanza sobre su vecino del piso de abajo. No es que amenace con desalojarlo ni nada por el estilo. La cosa se parece más a esos amoríos que se dan a espaldas de un marido. Ningún hombre le envidia su lugar. El día que el marido ya no ocupe ese sitio, el tercero en discordia mirará para otro lado y seguirá marchando. Pero esos días, decía y prometo impedirme la digresión que tengo a flor de dedos, no tengo mayores ganas de escribir ni de nada que no sea mirar por la ventana, mirar la vida pasar por la ventana, mirar pasar la vida sin mí por la ventana. Necesito, vuelvo a decirme, fabricarme una vida normal. Tener dos hijos. Enseñarles a cantar Kaya.

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2 comentarios en “Bigger than a big bamboo”

  1. El día que inventen esa máquina, y te enchufes a ella, mi buen fander, temablaré. Porque sin ella, tu escribir es un alud cordillerano, y si no mediara algún obstáculo, anegarías la red y yo sucumbiría en el silencio. A lo sumo, sería 32 bytes de pura verguenza, titilando en babel. Que bueno que es estar play-up. Como cuando uno se está chamullándo una mina, y todas las palabras fluyen, y tu mente las anticipa como en un juego de ajedrez. Ah, que linda la vigilia de los ojos cerrados. . .

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