Mi amigo el Monito

Yo era un borrego o poco menos que eso. Creo recordar que volvía a casa después de ir al hospital a que me hagan unos análisis. Ya bastante hazaña fue salir más o menos rápido de allí. Desde chico siempre he pensando que el mejor lugar que el hombre ha inventado para que uno se pierda es un hospital. Demasiadas simetrías edilicias, demasiado color blanco y ese maldito olor a agua oxigenada. Pues bien, lo cierto es que yo volvía a casa y no eran más que las ocho y algo de la mañana. En ayunas, como dios manda, venía de que el gordo Ledesma me saque a desgano un poco de sangre y apuraba el paso para desayunar de una buena vez por todas. Hace unos años, ante el mismo trámite, comprobé que todo esto es sugestión. Basta que a uno le pidan ir al hospital en ayunas para que el el cuerpo todo denuncie la presencia del hambre. Es atroz, sin embargo, comprobar que llevo ya más de diez años haciendo muchas cosas antes de probar bocado y que sólo me siento alienado por el hambre cuando voy a que me saquen sangre, pero aquella vez me encontré en una de las calles del centro de mi pueblo a un amigo al que hace muchísimo tiempo que no veo: el Monito Duarte. Llevaba en la mano su más reciente adquisición, un disco de Sumo, Llegando los monos, y ahí nomás me convidó a que fuéramos a su casa a tomar unos mates, que me venían de perillas, y de paso a escuchar a los muchachos de Luca Prodan. Yo, muerto de hambre, barrí con el budín que la mamá del Monito nos puso a disposición; él sólo se limitó a poner el cassette y a ilustrarme sobre la banda, aunque lo hizo con la erudición musical que sólo él tenía en el pueblo a sus dieciséis años y la cordialidad que sólo profesan los que aunque sean las ocho, las nueve o las diez de la mañana todavía no se han acostado. Esto, me dijo apenas comenzó a correr el segundo track, o incluso cinco segundos antes, cuando todavía no había acabado la particular introducción que lleva el disco, se escucha al taco. Subió el volumen. Superman Troglio aporreó los parches de su batería y Luca escupió: luces calientes atraviesan mi mente…

El punto que nos une con el Monito es su señor padre, el Mono Duarte, un paraguayo bonachón que no sé por qué razones no tragaba mi padre. Si algo puedo atribuir la distancia es a razones comerciales que nunca me fueron del todo reveladas. Sí sé que a mis cinco años, papá me arrancaba de la cama, me ponía mi delantalito cuadrillé azul con bolsita al tono, en la que poníamos una taza, siempre de vidrio, un par de docenas rotas al cabo de un año y pasábamos por la carnicería donde él trabajaba, que tenía como anexo una pequeña despensa. De ahí sacaba unas masitas, Manón, Coco o Lincoln, ponía el paquete en la bolsita y hacíamos tres o cuatro cuadras más, que es lo que nos separaba del jardín de infantes de la señorita Roldán. Y ya que siempre lo planteo en términos de competencia, ella sí es la que ocupa el cetro de mi primer amor platónico, aunque ese despertar sucedió, para variar, a destiempo, cuando ya la señorita Roldán había cerrado el jardín de infantes y su esposo la había llevado detrás de más promisorios horizontes. Alta, labios carnosos, la típica morocha argentina. La recuerdo en una fotografía entrañable que nunca podré arrancarle a mi madre. En cuclillas hasta alcanzar mi estatura, me abraza y con la mano me pide que mire a la cámara; yo, el gesto recio de un cachorro de cinco años al que no le gusta que le tomen fotos, la remera a la altura del ombligo, la trompa en señal de protesta. Después papá volvía a trabajar y ya no lo veía hasta el mediodía, salvo que en el medio ocurriera la indesable contigencia de que no pudiera controlar mi esfínteres, algo que recuerdo me pasaba a menudo, aunque tal vez no fuesen más que dos o tres veces a lo largo de todo un año, pero eso bastaba para abochornarme. Es que yo, a mis cinco años, ya era un intelectual: por las mías ya estaba aprendiendo a leer.

La carnicería era propiedad de alguien que recuerdo bajo el mote del viejo Arrúa, un paraguayo de pocas luces igual que su sobrino, Nené, también dependiente de la carnicería, que de todos modos me resultaba mucho más simpático. A él podría evocarlo en una imagen y un par de frases. En la imagen, él nos da los buenos días comiendo un ananá de un modo poco ortodoxo: cortándolo con un cuchillo de hoja ancha que también usaba, de modo bastante temerario, para llevárselo a la boca. En su versión del castellano, todo sonaba muy gracioso: por ejemplo “ete local e mejó, ante entraba do gente y taba todo lleno” o “codte genedal, se apagó la vela”, porque a su guaraní natal le habían arrancado los dientes incisivos. Me imagino que por esa razón al hablar escupiría bastante, pero yo no tenía modo de saberlo porque mi metro quince quedaba muy lejos de su estatura. Y, además, también estaba el Mono.

El, a mediados de los setenta, se ganaba la vida como enfermero y, si por mi padre fuese, lo bien que hubiese hecho en quedarse allí. Al menos no cometería las bestialidades que acostumbraba, cuchillo en mano, en perjuicio de las reses, pero hago muy mal en hablar de eso porque yo nunca aprendí el oficio y el único testimonio que tengo es notoriamente sesgado. Si papá era de pocas pulgas cuando joven, queda claro que no habrá cambiado su opinión a estas alturas e incluso peor: puede que haya encontrado nuevas motivaciones para detestar a el Mono. Yo, sin embargo, le tengo mucho aprecio. Ahora mismo, cada vez que por alguna razón salgo a andar por las calles de mi pueblo, sé bien, a pesar de mi poca vista, que si hay alguien que saca medio cuerpo por la ventanilla de una combi en marcha agitando los brazos en dirección a mí, ese es el Mono que acaba de reconocerme. No es para menos. El fue el enfermero que atendió a mi madre el día en que yo nací. El no quedó bien después de que perdió al pibe, solía consolarse mi padre cuando se enteraba de alguna de las agachadas que a el Mono le eran atribuidas.

Aquella vez, con el Monito, saludé de lejos al Mono y vi retirarse a su esposa, un poco compungida. El Monito le dijo: chau, mamá, que no sea nada. Iba al hospital, eso le había oído yo decir un rato antes. Cuando la puerta se cerró: el gesto compungido se había instalado en la cara de mi amigo. Lo miré sin atreverme a preguntarle, todavía hoy no sabría cómo hacerlo, pero él lo hizo más fácil: es de siempre, mamá toma.

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