Anoche conocí a un pibe francés que pasaba sus últimas horas en la zona después de un raid que lleva ya tres meses. Quería conocer la patagonia de los mitos y puede decirse que lo ha logrado. No alcanzó a entender mucho los avatares de nuestra política y menos que menos los de la economía. Se rió bastante con mis humoradas. Por ejemplo cuando le dije que si el siglo XIX, el primero de nuestra breve historia, fue caracterizado por hombres que se destacaron como estadistas o militares, el siglo que se ha ido ha dejado más bien poco que recordar. Si hiciéramos monumentos, tal vez los homenajeados fuesen deportistas: un futbolista, un corredor de autos, un boxeador.
Hablamos largo: yo le pregunté por Napoleón, por Deleuze, por Céline, Truffaut, Belmondo, Richelieu. El prefirió, muy atinadamente, contarme las ventajas de vivir en un país tan joven, tan grande y enumerar otros nombres propios: Chaltén, Corcovado, Tronador, Ushuaia, Nuahuel Huapi, Perito Moreno y, entre las asignaturas pendientes, ya que los tres meses se le fueron volando, la inconcebible meseta de Somuncura.
Se llama Aurelianne (ojalá se escriba así), pero quería que lo llamásemos Aurelio.

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