Una fantasía borgesiana

Si Borges viviera o, para ser más preciso, si Borges fuese como yo, un soldado clase 1974, seguramente al día de la fecha hubiese contaría más películas vistas que libros leídos. Tomo para mí algún artículo que leí alguna vez en el que alababa a ese prodigio llamado Citizen Kane y también otros varios comentarios sueltos en los que se perfilaba un cierto aprecio por el séptimo arte. Pero lo cierto es que Borges ya está muerto, y para colmo tuvo la desgracia de quedarse ciego mucho antes de que las películas poluyeran del modo que tan molesto resulta a los poco entusiastas del cine, como es mi caso.
Sin embargo, a la luz de los acontecimientos que van forjando la historia, o al menos eso tendemos a tomar como historia en el futuro más o menos cercano cuando leemos las noticias con destaque en las portadas de la prensa, me intriga saber cuál hubiese sido la reacción de Borges ante el peor entre los actores de Hollywood. Me refiero a Harrison Ford. Ya sé lo que alegarán en su defensa: el tipo se hizo famoso como actor pero en realidad su arte reside en el dominio de la carpintería o de las instalaciones eléctricas. Está bien. La culpa es de la decena de directores que lo han convocado a protagonizar películas dignas de encomio y bodrios incalificables y también de millones de espectadores que lo han aceptado sin más.
Es que ese tipejo que le ha puesto la cara (siempre la misma, por supuesto) a Indiana Jones y al presidente de los Estados Unidos puede sentir lo que cualquier estandarte. El actual presidente de los Estados Unidos y su puja para hacerse de toda la riqueza del subsuelo de medio oriente se parece a una mala versión de Indiana Jones y es allí donde cabe felicitarlo a Harrison Ford. El lo hizo primero.
Pero volviendo sobre la referencia borgesiana, siempre recuerdo con cariño lo que dijo cuando el hombre puso por primera vez sus pies en la luna: todo esto es para mí una farsa, tengo para mí que el hombre llegó a la luna en la maravillosa Primeros hombres en la luna de Herbert George Wells. Y en cierto modo, el viejo, una vez más, no estaba equivocado. No juzguemos esta vez la patética puesta en escena de 1969 que alguien tuvo el tupé de atribuir en su hechura a Stanley Kubrick, como si el maestro no hubiese sido lo suficientemente obsesivo para evitar que queden al azar librados detalles cruciales: el imposible flameo de la bandera de bastones rojiblancos, la vista del firmamento similar a la que se ve en las noches de mi barrio.
Si Borges viviera diría a esta película ya la vi. El final es con un beso entre el héroe y la chica linda, pero a mí no me engrupen: el verdadero Indiana Jones es Harrison Ford.

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