700

Lo malo de los días de lluvia es que, entre la esquina de Don Bosco y Honduras y mi calle, me resigno a ser lavado por la bendición celestial de suerte que uno a uno todos mis colores se quedan allí, en las bocacalles, en las hendijas de las baldosas mal soldadas, en las cunetas donde se arrían las huellas de la tormenta. Cuando llego a casa, tomo de un cajón la toalla que me seca la cara y no me pongo demasiado triste cuando comprendo que dejo una mancha de tinta amarronada salpicada de dos soles verdes.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s