My way

Me dejé estar en su presencia fantasmal, como cada sábado por la mañana. Es un, dos, tres y ante mis narices la tristeza. Me asombra que nos pongamos tristes -como quien se pone un saco o un sombrero- y no nos volvamos tristes. En cierto modo eso es un reaseguro, una forma de saber que, al menos dentro de las estrecheces de nuestra lengua, la tristeza -y a la alegría le caben las mismas reglas- es algo que se toma de prestado, que no nos es natural, como andar vestidos con nuestra propia piel o tener hambre o ganas de dormir.
Y lloré.
O en realidad, mejor, ajusté la sintonía de mi radio a una canción de Frankie, My Way, claro, y antes que hube de negar tres veces el nombre de mi fantasma, sentí la quemazón naciente y su suave andar hacia el precipicio y como quien se interpone en el camino de un suicida, voltée mi cara para demorar el salto al vacío y el recorte redondeado de mi yo último se hizo un arroyito que dejaba en cada recodo de su trecho un poco de sí, una razón para no hacerlo. Y finalmente a estrellarse contra el piso, negados sus ojos a los míos que deseaban que fuese sangre y no en verdad agua tibia aderezada de noes.
Uno debería ser así varias veces al día. Crudelísimo para llorar en sangre y devoto como el súbdito que se hica ante la cruz.

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