El tachito

No me patiés el tachito, dice con sonrisa alarmada el chofer de la unidad 38 de empresa 28 de julio a punto de salir con destino a Rawson, y los dos o tres que tenemos a medio subir la escalerita cabeceamos para ver a qué tachito se refiere y no mentiré esta vez: resulta grato buscar con la vista un tachito y encontrarlo aunque no se entienda del todo qué es lo que puede hacer un tacho de basura exactamente detrás de la butaca del conductor y él, que será chofer de colectivo pero no por eso un tonto hecho y derecho, apela de nuevo a su sonrisa que es alarma y agrega: es para que nadie se pare detrás mío cuando le estoy vendiendo el boleto, porque la gente tiene la mala costumbre de pararse ahí y cómo te pensás que le alcanzo el vuelto que le toca sino a costa de ligarme de una tortícolis de padre y señor mío. Ríe la chica que se lo preguntó, sonrío yo, que soy el que le sigue en la fila soviética y creo que quien está detrás de mí no se ríe sólo porque se ha perdido los detalles del diálogo. Supongo que el tachito mañana no estará mañana en su lugar. Es que pasan tan pocas cosas interesantes en lo que dura una jornada laboral de empleado en Rawson, y casi me atrevería a extender mi afirmación al medio siglo de historia que tiene Rawson como capital de la provincia, que es un hecho inexorable que unos y otros, los protagonistas y los testigos de la anécdota, nos encargaremos de multiplicarla, no ahora mismo que son las siete menos diez de la mañana y lo único que se nos antoja es enterar la media horita de sueño que anestesiará un buen rato de la mañana indócil, pero sí a la vuelta, cuando a falta de lugar para sentarnos y de amigos para entregarnos a la confidencia, hagamos malabares para sobrevivir en pie sobre el colectivo en marcha durante los inequívocos curvones de la ruta 7, agarrados un poco de la cabecera de las butacas, otro poco del pasamanos, del portaequipajes, el maletín o contra la espalda de ese soldado de la fuerza de choque peronista que gentil se ofrece como reparo, y mañana, cuando ya todos sepan la buena nueva, a nadie se le ocurrirá pararse detrás de la butaca del chofer a esperar que éste lleve contra natura su mano por encima del hombro opuesto para llevar a la mano pertinente los sesenta centavos que le sobran al billete azul que acaban de darle.

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3 comentarios en “El tachito”

  1. Yo se lo patio,¿eh? ¡Se lo patio al tachito! ¡Con la bronca que les tomé! Pero no sé, me da un poco de miedo la “sonrisa que es alarma”. La estuve practicando. Una cara de piantada que no te digo.

  2. Pero no!, si era un miserable tachito de plástico y el chofer uno de esos gorditos simpaticones con el traste amoldado a la butaca. Además, como ayer lo presagiaba, hoy ni noticias del tachito.

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