obdb

Llama mamá un par de veces al mes y en cada ocasión -cualquiera diría que para esto tiene maña- me informa de la lista de los últimos fallecidos. Hoy llama y al cabo de los seis o siete minutos que estuvimos charlando, fue una suerte que me encontrase porque yo tenía la campera puesta para ir al banco, no mencionó ningún caído. Tal vez se haya olvidado. O a lo mejor se dejó llevar por el entusiasmo que le dio el médico. Si papá pasa bien este análisis, vamos a tener seis o siete meses de paz. Seis o siete meses sin análisis, sin viajes, sin medicación renovada y colas en la obra social para mendigar un reintegro, vamos, esto sí que es conseguir una prórroga. Se lo cuento a alguien y alguien me dice que está en la edad en que todos se van. No pongo mayores reparos al comentario. Debe ser así. Parte del ciclo vital es acostumbrarse a que se vayan los tuyos así como aquí y ahora yo tengo cierto apremio, y no porque nadie me lo diga con todas las letras, de tener un hijo, qué sé yo, eso que llaman sentar cabeza, aunque por lo visto no siempre se siente cabeza cuando uno lo planea. Pero esa vocación de mamá de contarme quién muere, quién deja de morir, hay que ponerla en un contexto de pueblo. Allá, incluso yo que era una criatura, todo el mundo para la oreja cuando sale un renault 4 destartalado con la propaladora. Algo importante debe haber pasado. Un fallecido o algo así. Y si es un fallecido es causa de asombro que nadie sepa nada de él. A lo sumo, si es un García, un Linares, un Paz, que es decir un miembro de los clanes más numerosos, comienzan las conjeturas. ¿Se sabe la edad? Porque por el nombre de pila muy pocos se conocen. Tiene que pasar mucho el tiempo para que uno deje de ser el pibe de y en general a la preposición de le sigue el oficio del padre. De Jesús diríamos que es el pibe del carpintero de Belén.
Y a renglón seguido las otras preocupaciones. Que si voy o no voy para semana santa, porque en ese caso mi habitación todavía está sin pintar. Aprovechamos una indemnización para hacerle unos arreglos a la casa y se sabe todo lo sucios que son los albañiles de esta época. Antes no era así. Y también la posibilidad bastante bien encaminada de comprar la casa de al lado, que no es casa sino una tapera que, si la hacemos nuestra, sería pronto polvo y escombros. A levantar otra casa, una casa grande para que vivamos todos juntos y mucho más cómodos. Pero yo pienso en otra cosa y no tengo modo de decírselo. Nada de mudanzas. Nada de críos correteando ni domingos con asado de tira. Yo pienso que tengo que escribir mis veinte folios. Como sea.

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