Día 1

El despertador está sonando antes de las cinco, no mucho, un par de minutos antes de las cinco. Lo sé porque apenas suena, me incorporo como un resorte para atacar la mesita de noche que -adrede- está a los pies de la cama. A veces aprovecho a prender la luz, pero hoy no fue una de esas veces. Inexorablemente enciendo la radio para entararme de las noticias. Después de varios meses de andar vagando como un gitano por toda la sintonía, di con un par de voces que en una hora se hacen el tiempo suficiente para dar un buen pantallazo, incluyendo notas de color, frases quitadas de contexto, apostillas del espectáculo y del deporte, todo esto evitando editorializar, lo que siempre se recibe de buen grado.
La locutora se llama Celeste, pero en el programa se hace llamar Morena. Me cae bien. Tiene algunos problemas: dice “de nada” cada vez que su compañero agrega un “gracias” a su intervención, se permite cosas como decir que le gusta una canción de La Portuaria porque Diego Frenkel es hermoso (sic), pero compensa con otros aspectos.
La noticia de hoy, un tanto vieja por cierto, es que en otros países se extiende la costumbre de que los finados pidan ser enterrados con sus teléfonos móviles, a lo que surgió entre los conductores la previsible charla “qué te llevarías vos”. El tipo dijo una tontera: la radio; ella pidió que la entierren con vino, una botella y una copa.
Muy bien. Esa música para mis oídos bastó para que casi pasara de largo. Ya sé que por rutina debo abandonar la escucha a las menos veinte. Me baño, como una galletita, cargo el maletín si es que ya no lo tengo armado y salgo.
El colectivo sale seis y dos minutos. Una verdadera patraña. Bueno, la patraña es entrar a trabajar a las siete en una ciudad que queda a veinte kilómetros. No hagamos caso a los tres grados de temperatura. Tampoco a la posición de mi casa: la estación me queda a dos cuadras y media, cuesta abajo). Lo primero que hago siempre es prender un pucho. Hoy, sabedor de que debería postergar el primero todo lo que fuese posible, no lo prendí.
Mi colectivo se había ido. Había otro que me deja a diez cuadras de mi trabajo y la alternativa de esperar un tercero que nunca tiene disponibles sus malditas butacas duras.
Me fui en el que me dejaba lejos. A las siete menos cuarto prendí el pucho. En Rawson hay mucha más humedad y el camino se hizo interminable, pero me consolé pensando que hoy es viernes y que es el último día de la temporada con este horario: a partir del lunes, desde las ocho. Hubiese estado muy mal llegar tarde.

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