Nene

Chau, nene!, grita alguien que está por subirse a una camioneta y lo ha dicho tan cerca de mí que no puedo evitar dar un giro a mi cabeza y verle la sonrisa de quien lo echa a uno de menos o es lo suficientemente corto de vista como para celebrar que ha reconocido a alguien por la calle y ese alguien con el giro de cabeza lo corresponde y lo saluda con un grito victorioso, que podría ser -por qué no- un abrazo y un buen beso pero prefiere quedarse allí, en la elocuencia de un par de gritos, y en la felicidad de dar las narices con algo que se estimaba perdido y siempre encima, flotando, el fantasma de los parasiempre.
Le temo a la vejez, me había dicho su esposa una tarde. De tanto vivir de mudanza yo me había quedado sin madre y a mi campera le faltaban un par de botones, todo un despropósito para ella que siempre se preocupó por mantener a sus tres varones, uno detrás del otro, de punta en blanco y a ellos les gustaba y no se daban cuenta. Pero a los gorriones les toca abandonar el nido alguna vez y esa casa, toda una mansión hay que decirlo, con techo de ladrillo en forma de cúpula de una perfección tal que uno puede pasarse mirándolo las horas de las horas, y de golpe ella se había quedado sola. Sola con un esposo casi sordo y una salida muy cada tanto a comer afuera o al teatro y los sábados mirar en la televisión española ese programa conducido por un par de tilingas tan hermosas presentando a cantantes de nombres desconocidos, todos ellos con algo más que pompa, lo que para ella era ver su Galicia ancestral, las largas temporadas de lluvia, a su madre y a su padre, tal vez tan rubios como ella, con ese pelo ligeramente ondulado de un rubio perseverante que le ganará todas las batallas al tiempo.
Cuando no pueda conmigo, me mato. Lo dejó caer sobre mi cabeza como una piedra y me mostraba cinco o seis botones que había encontrado en el costurero, pero pucha si era un juego completo de botones, y mucho más sobrio que los tres o cuatro que a mí me faltaban y en el sencillo acto de alcanzarle la campera que había dejado a mi lado sobre el amplísimo sillón de la sala la tomé como una madre de prestado y no supe lo que decirle para llegarme con un consuelo, tan cerca estaba cuando mi campera dejaba mis manos para alcanzar las suyas, como tan lejos en eso del temor a lo que pueda pasar, a lo que inexorablemente ha de pasar a la vuelta de la esquina.
Qué habré dicho yo, que siempre tengo una palabra a mano para quien me lo pide y para quien no. No lo sé con certeza. No lo sé ni borrosamente ni tampoco porque dejé de ir a visitarla. Tal vez, me gusta pensarlo, estoy esperando a cruzármela por la calle para que me salude de igual modo que recién lo ha hecho su esposo, que me ha dicho nene como si supiera cuánto necesito que me lo digan.

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