En torno a la memoria colectiva

En su edición de hoy, el suplemento cultural de Clarín incluye una versión fragmentada de una entrevista a Reinhart Koselleck a cargo de Javier Fernández Sebastián y Juan Franciso Fuentes, cuyo texto completo, según se anuncia, será publicada por la española Revista de Libros. De allí, me permito rescatar el siguiente extracto:

En cuanto a la identidad y a la memoria colectiva, yo creo que depende fuertemente de precisisiones lingüísticas impregnadas de ideología y mi posición personal en este tema es muy estricta en contra de la memoria colectiva, puesto que estuve sometido a la memoria colectiva de la época nazi durante doce años de mi vida. Me desagrada cualquier memoria colectiva porque sé que la memoria real es independiente de la llamada “memoria colectiva” y mi posición al respecto es que mi memoria depende de mis experiencias y nada más. Y que se diga lo que se diga, sé cuáles son mis experiencias personales y no renuncio a ninguna de ellas. Tengo derecho a mantener mi experiencia personal según la he memorizado, y los acontecimientos que guardo en mi memoria constituyen mi identidad personal. Lo de la indetidad colectiva vino de las famosas 7 p alemanas: los profesores, los sacerdotes (priests en el inglés original de la entrevista), los políticos, los poetas, la prensa…, en fin, personas que se supone son guardianes de la memoria colectiva, que la pagan, que la producen, que la usan, muchas veces con el objetivo de infundir seguridad o confianza a la gente […] Así pues, la memoria colectiva es siempre una ideología.

En la segunda mitad de los años ochenta, a partir de la irrupción en el mercado de prensa argentino del matutino Página/12, el período de discontinuidad republicana que tuvo lugar entre 1976 y 1983 dejó de conocerse como el Proceso (en alusión a Proceso de Reorganización Nacional, tal el pomposo nombre con que los militares que tomaron el poder bautizaron su salvajada) y pasó a llamarse la dictadura militar.
Con el paso del tiempo, hay otra realidad que se va blanqueando: la dictadura no fue sólo militar sino que contó con el inestimable apoyo de variados sectores de la vida civil, ninguno de los cuales ha hecho un mea culpa de su actuación durante aquél período. Sin ir más lejos, la prensa.
Hoy repasaba en la revista Veintitrés una versión en facsímil de la edición del diario La Nación del 24 de marzo de 1976. Como “primera versión de la historia” resulta escalofriante.
Así, sobre la base de los dictados de los guardianes de la memoria colectiva, se va forjando el mito, la Historia.

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