Matar al usurero

Pensaba, ya que pensar nada cuesta y poco vale, y a poco de pensar me descubrí buscando ese punto del pasado en el que dejé de interesarme en la matemática, y en ese enunciado cometo un acto de soberbia porque tal vez ella eligió dejarme a mí.

Un buen día me renegué de que dos y dos fueran cuatro y también dos por dos y dos al cuadrado. Porque hubo una época en la que me fascinó descubrir que había una relación entre el radio y la circunferencia y esa relación se asentaba en un número mágico: tres catorce dieciséis, aprendí a repetir con papá, aunque a mi cargo quedó averiguar tres catorce dieciséis por cuánto por radio era igual a al perímetro circular y claro que pude, si en ese tiempo todo lo podía. Bastaba apenas con que me sentara con la lapicera para ensuciar el cuaderno de la escuela o incluso el cartón de las cajas de leche sancor, no me olvido: no había otro papel.

Tenía once años, una cosa así. Me causaba mucha gracia que circulando la moneda nacional bajo el nombre de australes, papá y mamá siguiesen hablando en millones de pesos, algo que a mí me sonaba a prehistoria, porque antes del austral ya había estado el peso argentino, que no duró nada, al igual que su mentor, Bernardo Grinspun, un economista tan pero tan básico que no dudó en calificarse como keynesiano, aunque el significado de semejante insulto yo lo entendería unos doce años después. Demasiado tarde para reírme de él que probablemente hubiese muerto o del mismo modo vivo y olvidado, quemando los últimos cartuchos.

La economía era muy dificil de entender en casa. Un tipo de anteojos nos bombardeaba cada noche con el precio del dólar oficial y el libre. Mencionaba un dato raro: la paridad. A veces la paridad alcanzaba un 40% y a nadie parecía asombrarle. El gobierno, según contaba este señor, corregiría las diferencias con minidevaluaciones que tendrían lugar los martes y los viernes. Por supuesto que el tipo de cambio oficial nunca pudo alcanzar al libre, al especulativo, pero no entiendo todavía qué es lo que hacía el banco central que no se metía a terciar en el mercado como hace ahora y cómo es que nadie se quejaba por tener una moneda que se dejaba tocar el culo pero de a poquito y por decreto.

Entretanto, mientras mis coetáneos a duras penas podían dividir, yo le llevaba a mi padre unos cálculos que me habían llevado toda una mañana: sin libro ni máquina de calcular, nada más con un lápiz y una goma de borrar había nacido al interés compuesto que, para quien no esté al tanto, requiere de la intervención de la quinta operación aritmética que se enseña en las escuelas. Me refiero a la potenciación. Y eso era una inocentada en comparación con otra ocurrencia: un plan maestro que consistía en comprar dólares en Montevideo (según mis cuentas estaba muy barato en términos relativos) y venderlos en la city porteña, como el señor de anteojos le llamaba a nuestra pequeña Wall Street de la periferia. Con un capital mínimo, la maniobra especulativa, repetida unas seis veces, daba un margen de un 15% de rédito. Una proeza. A papá no le gustó nada mi hallazgo y me dijo que yo era un pichón de usurero.

Empezaba, yo no lo sabía, una larga debacle al cabo de la cual trataría de desterrar por todos los medios a la aritmética. Y acá estoy.

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1 comentario en “Matar al usurero”

  1. Tengo con la matematica (mejor diciendo, con a los que le gustan)una relación similar a que tengo con los adoradores de pies: los respecto, si, porque neste mundo hay lugar para todos, pero que son unos tarados, eso son…:)

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