Blef

Cuando era chico atesoraba una superstición encantadora. Creía que en sueños me era revelado el futuro. Está claro que eso es una ventaja sólo cuando se es chico. A esta altura de mi vida ya ni siquiera me interesa saber si hoy hará más o menos frío que ayer porque, después de todo, no tengo mucha otra ropa que esta que traigo puesta y la que he dejado secando el domingo por la tarde y todavía sigue allí, esperando que el solcito se digne a salir de una buena vez. Tampoco me interesa a cuánto cotizará el dólar ni el euro ni el yen. Ni hasta dónde llagará el precio de la carne o del queso o del escritorio que todavía no he salido a comprarme. Es que todo eso aumentará inexorablemente y tampoco nos salvaremos de veinte años más de peronismo y no me siento mal por eso porque al parecer no nos merecemos otra cosa. Ya he renunciado al amor así que si la fulana me da bola o deja de dármela, si se va con otro, con otra e incluso si le diera un brote zoofílico y se mandase a mudar con un perro, tampoco me importaría. El futuro, queda claro, ha dejado de interesarme. No sé cuándo sucedió eso. Sólo sé que ya es tarde para remediarlo.
Pero si los sueños fuesen, por ejemplo tenebrosos, de esos que tengo noche por medio: persecuciones inauditas, caidas verticales que nunca acaban, sangre por todos lados, mierda, plumas, armas, abogados, ¿debería seguir pensando que el resto de mi vida andaría por esos derroteros? ¿cuánto dura el futuro? ¿es hoy? ¿o incluye también el resto de mi vida? ¿podría determinar en sueños si me tocase morir hoy mismo?
Está claro que nada de eso es posible, que sólo sueño con mis obsesiones y que ahora mismo necesito pasiones que no estén en escala de grises. Por eso sueño con rojos vigorosos, con brillos metálicos, con letras azules sobre cubiertas doradas.
Pero hace pocas noches soñe con una requisa policíaca y al poco rato (al poco rato dentro de un sueño, esto es, cinco minutos, dos horas o tres hectolitros después) con cartas documento que decían reclamos, intimaciones. Creo recordar que alguien pretendía recuperar lo que me había regalado y que ese algo era un objeto que yo detestaba entonces me quedaba pasmado pensando en la estupidez de ese alguien.
Ayer llegué a trabajar muy temprano. No eran las siete menos diez y antes de llegar al fichador me tropecé con tres o cuatro hombres que exigían saber mi identidad. Los intocables les dicen algunos; otros los prefieren hombres de negro, pero la verdad lo único negro que tienen es el color de sus caras de piedra. La división de policía del personal (sí, justo acá que no hay persecuciones de ningún tipo y nos irritan sobremanera los actos de espionaje) ha hecho su arribo triunfal a estas pampas y se quedarán algunos días, hasta el desembarco en Normandía, estimo, y mientras tantos recabarán no sé qué datos que son de dominio público, nos interrogarán sobre nuestras funciones. A mí todavía no me han entrevistado en detalle pero creo que voy a hacerme pasar por mongui. A cada pregunta responderé “ah”, pero no el “ah” que uno dice cuando entiende algo ni el “eh” que exige ratificaciones, sino una cruza entre “ah”, “eh” y “oh”, que pone al eventual interlocutor ante la perplejidad de no saber si charla con alguien que es sordo o mongui. Estuve practicándolo todos estos días. Por lo que amenazan, todo el personal que no esté suficientemente preparado recibirá los cursos de capacitación que le hagan falta y yo quiero que me enseñen todo de nuevo. Que me pidan que mañana venga con el papel glacé.

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