Borrar el camelo

No quiero ver el nombre del firmante pero ya me lo imagino: el estilo determina el carácter repetitivo, casi metódico, de ciertos errores, recaudo éste que se ha visto facilitado sobremanera por los instrumentos de procesamiento electrónico (word y su corrector carente de malicia me han condenado a escribir siempre en wordpad; de la pesadilla de excel y la posibilidad de estirar un error hasta el confín del universo, sin embargo, no he podido abstraerme).
Pero estoy frente a un documento público. Decenas y decenas de hojas, cada una firmada, sellada, foliada e inexorablemente equivocada y yo, operario anónimo afectado a la función revisora, descubro un error en la primera foja y sé que no tiene caso practicar mayores indagaciones: el mismo fallo se repetirá y más hasta ponerme al borde la histeria.
Pincelito húmedo del líquido blanco en la mano y una sobredosis de paciencia para que todo se seque rápido y de una vez caerle encima con una anotación más ajustada, pero la batalla es desigual. Mi grafía se empantana en las arenas pegajosas. La lapicera carga consigo la huella blanca y cada letra, cada número, cuesta un poco más que el anterior.
Esto es lo más parecido a aquello de “maestro, esto es una carta escrita con una goma de borrar”.

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