Operación Destitución: la gala

Hermosa la gala, los discursos, el festejo desaforado de los deudos de los jóvenes ofrendados en sacrificio al dios rocanrol.
¿Se acabó Operación Destitución Academia Lola Cola?
Parece que sí, pero en estas cosas nunca puede estar tan seguro de que algo acabe porque, como en el peor cine de terror, los finales son siempre abiertos y de alguna célula del monstruo despellejado tendremos buen material para una secuela.
El resultado fue el peor posible. Echaron a Aníbal. Es decir: una vez abierto el juicio, si no lo echaban, también me hubiese sentido mal por el dispendio en la actividad legislativa que supone semejante puesta en escena. Pero alguna vez tendríamos que sentarnos a meditar cómo un juicio político puede ser, a la vez, juicio y político.
No sé, quizá a la usanza de algunos países europeos, la conducta de Ibarra hubiese merecido una moción de censura por parte de la legislatura a lo que éste debería haber respondido formando un nuevo gobierno o disolviéndola y allí sí, voto popular mediante, estaríamos frente a un juicio que pueda llamarse “político”.
Después de todo, ¿qué es lo que se juzgaba? Aníbal no tiró la bengala ni conducía ninguna de las ambulancias del SAME que participaron en las operaciones de rescate. Se quedó corto, eso sí, en materia de gestos. Yo, en su lugar, no hubiese brindado lo más pancho con mi familia por el nuevo año porque en realidad con casi 200 muertos todavía calientes no había una mierda que festejar. Más útil desde lo gestual, que es lo que se estila en la política contemporánea, hubiese sido que acompañe la vigilia de los familiares que no sabían siquiera dónde cuernos estaban hospitalizados sus hijos. La clave es poner el pecho, no borrarse nunca y adoptar, naturalmente, el gesto compungido que todo a todo argentino más o menos sensible le sale tan fácil.
Si hacemos un poco de memoria, el ministro del interior, Aníbal Fernández, a la postre el responsable de la policía y de los bomberos que firmaron los informes que dieron luz verde a la habilitación del lugar, apareció al poco rato, miró un poco y se volvió a su casa. A él no le pasó nada, cuando, si de responsabilidades políticas hablamos, bien puede considerarse que él quedaba peor parado que el alcalde ante tamaña desgracia.
Por supuesto, hay que ser muy ingenuo para no darse cuenta de que a nivel nacional eso no podría suceder nunca. Peores cosas han pasado y a ninguno de los justicieros de hoy se les ha oído una palabra de llamamiento a juicio político de ministros o incluso de presidentes casi criminales.
Tampoco el juicio político se estila en los feudos provinciales. Casi todos ellos tienen preparada una ingeniería institucional que garantiza hegemonía e impunidad al gobernante y a ningún opositor le da por ponerse a gritar como una histérica para reformar los plexos legales porque el día de mañana puede darse vuelta la tortilla y ser otro el color político que tome las riendas.
Este reality show sólo pudo suceder en una ciudad politiquera por antonomasia y sede de los principales medios de comunicación de la república. En nuestros pequeños feudos no estamos exentos de los escándalos pero es mucho más sencilla la tarea del ocultamiento, moneda mediante, a través mismo de esos medios, que no tienen más recurso que el que les suelta la generosa mano oficial.
Como era de esperar, los participantes están prolijamenhte seleccionados de suerte tal que, analizados globalmente, pueden observarse en ellos gran parte de los rasgos que definen la argentinidad o tal vez, y sólo para no ir más lejos en la reflexión, a la porteñidad.
Está el arribista, asido con uñas y dientes a su conquista y el eterno perdedor con toda la logística marca acme puesta al servicio de su sed de revancha. Están los troskos en offside, como siempre, y los saltimbanquis que hoy patean para aquí y mañana para allá, según el signo de la valija que les ha caido en fortuna. Hay los revanchistas ciegos que mejor quedarían en esas tribus de oriente en las que un casamiento extemporáneo se castiga con la violación, a cargo del clan ofendido, de toda la parentela femenina del acusado y el abogadito que con el cadáver todavía caliente de su hijo vociferaba que no tenía tiempo para un duelo pues debía preparar cuatro demandas contra el estado y al poco rato agarró el patrocinio de quién sabe cuántas otras familias de víctimas engrosando su haber mensual con la inestimable colaboración de el subsidio que el propio estado le otorga a cuenta de sus futuros honorarios.
Y así.
Cromañón todavía arde. El resto somos los pendejos que sólo queremos un monigote con la bandera del Che cantando rocanrol, los que no sabemos cómo salir corriendo sin que nadie se dé cuenta o los que exprimimos la cabeza con tal de que se nos ocurra una idea para sacar alguna ventajita de esto, no sea que la sangre derramada caiga en frasco roto.
Aníbal no nos interesa tu cabeza; sólo tu butaca, parecieron decir con su fallo los legisladores, soslayando la accesoria de inhabilitación para el ejercicio de la función pública
Si yo fuera un argentino cualquiera me cagaría en la justicia y puesto en el papel de flamante jefe de gobierno convocaría mañana mismo a Aníbal. ¿Qué tal lo ven como Director Municipal de Inspecciones?

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