Apunte de cocina

No sé de qué venga el asunto, pero lo cierto es que llevo unos días atroces o, para mejor decir, unas noches atroces, de esas en las que ni siquiera me dan ánimos de enchufar la computadora y sentarme a escribir algo lo que, cuando uno asume ciertos compromisos, se convierte en todo un problema.
Porque no es que escaseen las ideas sino que la mano se endurece y la ráfaga que se encarga de los dictados se aleja de mí y debo vérmelas con el avance ínfimo, casi de hormiga, con tal de llegar al bendito punto final.
Así, el miércoles o el jueves pasado, ya no lo recuerdo, pretendía dedicar el fin de semana a trabajar la refutación de un texto desafortunado de la pluma de alguien que goza del favor del gran público y es a los cuatro vientos festejado por cultos y legos aun cuando su corrección no sea más que gramatical, dando cuerpo a la idea de otro alguien que hace no mucho dijo que escritor es cualquier dactilógrafo con buena redacción.
El caso es que en un estado como el que me toca atravesar, resulta bastante improbable que los argumentos no sean más que falacias que por elípticas no dejan de ser tales y con el paso de las horas y de los días se me ocurrió que llevar la “discusión” al terreno de los llanos argumentos terminaría por caricaturizar mi rabia por sus exabruptos.
Amputada mi aptitud para encadenar razonamientos, extranjero en los dominios de la poesía, para salir del pantano, durante las últimas horas del domingo comencé a redactar el texto que fue publicado ayer en kaputt. A resultas de la batalla contra la depresión y la fatiga escribí los parágrafos uno, dos, tres, siete y seis, en ese orden, y de una sola vez, sin detenerme a corregir las repeticiones, las cacofonías ni los defectos de concordancia.
Me llevé el manuscrito a la cama, volví a leerlo con el esfuerzo que implica para mí decodificar los garabatos que escribo al vuelo y me sentí complacido por el brote y ya en plena marea onírica vi las cuatro carillas oficio mancilladas con esa letra salvaje como piezas dignas de exposición, después de todo no se veía en ellas ni una sola tachadura; al contrario: los firuletes que dibujaba cuando las eses o las efes denotaban claramente mi felicidad.
Al despertarme, con los ojos todavía pegados por el madrugón, volví a echar una mirada sobre los folios y colegí que algo había pasado en el medio, algo que no podría remediar durante una larga mañana de trabajo.

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