a gatas

No era el cansancio por haberse puesto en cuatro patas para dejar reluciente cada centímetro cuadrado de ese piso de mosaicos que con tanta facilidad volvería a ensuciarse. No era eso, aunque no podía pensar qué fuera lo que lo condenaba a esa economía de movimientos debajo del chorro helado de la ducha, a esa pobre enjabonada que no iría más allá de los refugios estratégicos del sudor de un domingo de verano entregado casi por entero a la restauración de la casa. No era eso pero por la vecindad del dolor se echó a pensar en esa incómoda erupción que le había despuntado cuando adolescente y que desde entonces no había dejado de crecer, echando por tierra la simetría de esos pies tan feos y, a la par, por esos azares que de cuando en cuando le gustaba celebrar, lo hacía buscar con la vista los pies en sandalias de cada mujer con que se cruzaba por la calle, a ver si la belleza cumplía con el mandato que le cabe a las mariposas de posarse en todas las flores, incluso en aquellas a las que nadie les lleva el apunte. Ya en la desmesura la erupción, que ni verruga podía llamarse, no había sitio para la perfecta redondez sino que algo en ella crecía, algo horrible, grano sobre grano, puntas de pretensión aguda sobre ese apéndice desgraciado del segundo dedo del pie derecho. Y al cabo del baño modesto, el reposo en la cama para atraer el pliegue tal vez herido de la infamia a la proximidad de ese par de ojos que no acertaban la causa del dolor, y allí una pequeñísima astilla, una levísima herida excitada por el líquido para lavar los pisos y es cosa de echar los dedos enormes a su captura, quitar con sumo cuidado el resto puntiagudo de vidrio y arrojarlo tan lejos como sea posible. Se detuvo por un segundo y pensó en su infinita fragilidad, en el modo en que temió que tal vez nunca volviese a caminar. Contempló, con algo de pena, su traje de carnaval, y no pudo detener el son de los tambores que repicaban en la calle, quebrando la breve resistencia de las cortinas y encontró en el festejo de otros un consuelo para sí.

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