Times

Me acerco a la noticia de mis intermitencias cuando la pantalla se pone en negro. Eso quiere decir que hace diez minutos que no rozo las teclas. Eso quiere decir que tal vez lleve más de media hora de letargo y el llamado de atención es algún detalle de mi cabeza reflejada en la pantalla en negro. No sé que espero ver. Tal vez el milagro de que la corrosión que viaja por dentro se dé a conocer, como ya lo ha hecho, en el desorden del pelo, total son cuatro pirinchas, y en el crecer de la barba, otras cuatro pirinchas, pero no me refiero al resultado, por demás notorio, sino a la percepción de su ínfimo progreso. A ver gusano si movés el culo de una vez, le digo al milagro y también me lo digo a mí, pero a mitad de camino de la imprecación me encuentro con que no puedo, con que me ataca mi yo triste, el que actúa sin miramientos de tiempo ni de lugar y me da por pensar que si tengo ganas de llorar lo mejor que puedo hacer es salir a la calle, rumbear por alguna vereda con las baldosas flojas y ver si soy tan gallo como para pucherear como el hombre que soy de cara a los extraños, de paso, a la intemperie, con todo el aire a mi disposición, tardarían mucho menos en difuminarse las partículas que la purga me depare. En cambio aquí hay demasiados papeles, el techo no es bastante cielo, el viejo anda rondando, no es buen sitio como para que se quite de encima la sensación de viudez, el injusto medio entre me gustan todas y mejor no. Lo que mata es el tironeo de la no pertenencia. A la vista los dos primeros hilos de la camisa, de ahí a volverse jirones no hay casi nada. Es un decurso casi necesario, un movimiento de péndulo, la bolita del pinball golpeando las paredes vacías de la caja craneana o naufragando en un laguito grisáceo, informe, a tiro de la garganta y el exabrupto. Pero son días, me digo, no puede ser siempre así, nadie lo merece ni siquiera yo, pecador impenitente, gajos dispersos de un alma echada a perder por la cinchada.
Vuelto del viaje compruebo que tengo hambre, que todavía tengo para mí un par de manos y que puedo valerme por mí, pero hace su entrada el viejo, que trae pava, mate y escones para dos y me da por bendecir a gritos el recuerdo, nunca tan oportuno, y por maldecir que no se acostumbre al termo verde, lo que es casi igual a decir que a la media docena de mates la yerba estará entera pero el agua fría ylo dará por terminado. Llega entonces el momento de sugerirle que vuelva a lo suyo que yo bastante tengo con lo mío como para darle la pelota que se merece, y él un poco siempre se ofende de que yo ya no me enrede con el poncho rojo como cuando salía a corretear con el perro y a tocar la puerta de la tía Reina siempre dormida aunque el sol esté alto y por sobre su cabeza revoloteen las moscas. Con cualquier excusa se quedará charlando, pero no soy yo el que charla, no yo al ciento por ciento, sino una versión en precario, a modo de prueba de fallos, otro tipo metido dentro de mí que para todo tiene la torpeza que a nadie se le permite.
-¿Y? ¿Cómo la llevamos?
-Ella me lleva a mí, papá, esto es así, el hombre no pone los tiempos.
-Pero los síntomas, digo, no serás de los que se ponen a vomitar como una embarazada.
-No, papá, nada de eso. Un poco de vacío, eso sí, como que el hígado quisiese volarse del dueño que lo maltrata, pero viste como soy yo.
-Sí. Me imagino. Nunca le diste pelota a tu madre.
-Pero son cosas que uno hace sin querer, a ver si lo entendés de una buena vez.
-Está bien, ¿cuánto más? ¿seis meses así?
-No conté los días. Me torturan los días, no ves que bajo las persianas y prendo la luz. Es para olvidarme de que el tiempo pasa. Hago como que disfruto, pero no, no disfruto un carajo.
-Sí, aparte en el caso de los primerizos la fecha se adelanta.
-Es un poco una lotería, pero la jeta se te haga a un lado. Si se adelanta, los primeros meses son un martirio.
-Tranquilo, no pasa nada.¿Y ya tiene nombre?
-No, estoy esperando que se le ocurra alguno.
-Ah.

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