Volver a las fuentes

Les reconozco a mis lectores la paciencia que los lleva a soportar estoicamente el lenguaje jurídico con el que salpico alguna de mis intervenciones. No lo hago con maldad. No digamos que tengo una intención de divulgación, ya que para tanto no me da el cuero, pero nadie puede negarme que tiene su encanto saber de qué hablan los doctores.
Pues bien, una obligación es solidaria cuando un tercero puede resultar obligado en los mismos términos que el obligado principal, sea por voluntad de las partes, sea por imperio de la ley. La solidaridad implica que el beneficiario pueda agredir, para lograr su cobro, el patrimonio de uno o de otro. Sería mancomunada, si existiendo tal comunidad de obligados, pudiera atacar los patrimonios hasta la medida de las cuotas partes.
He pensado, y tal vez sea sólo mi propia ignorancia, que esa agresión puede resultar solidaria e incluso concurrente, y que la ley, hasta donde yo sé, no le ha puesto nombre a la situación.
Abandonemos el fango y pasemos al territorio de lo concreto.
Tengo prometido, a diestra y siniestra, que voy a aprender a bailar tango. No he puesto plazos para cumplir con mi palabra, pero naturalmente el tiempo apremia y son por lo menos dos los sujetos que pueden reclamar que honre mi compromiso, dos que no se conocen, que viven en remotas geografías y que de ninguna manera verían satisfechas sus inquietudes con la mera declamación.
Eso implica que tal vez esté ahora mismo en problemas.
Una de las personas aludidas vive muy cerca de mi casa y es particularmente molesta respecto de la mora a la que soy tan afecto cuando de cumplir con mi palabra se trata. Yo nunca la busqué. En realidad se me hace que alguien se la olvidó cerca de mí en alguna reunión y nuestra generosidad (también conocida como egoísmo si de paliar soledades se trata) nos dio motivo de charla una vez, cena alguna otra vez, y más acá en el tiempo -me refiero al tiempo que se mide en años- un razonable grado de intimidad.
Ella no me avanza y yo tampoco tengo intenciones de hacerlo. Ella me provoca y yo redoblo la apuesta con tal de sacármela de encima (algunos tipos somos así, sépanlo), lo que hasta ahora no ha fallado nunca.
En vísperas del último examen que rendí, pasó por mi casa. El que tenga experiencia en la penuria de los postreros peladaños de la escalera universitaria sabrá comprender que en semejante situación yo deje de comer, de dormir, de higienizarme, que pierda la noción de la hora en que vivo, mi don de gente, que licencie por vacaciones a todas las alarmas de mi organismo, a mi capacidad de repentización. En una palabra, soy un simio.
Qué puede decir un simio al que le tocan la puerta con la excusa de pedir prestado un disco de Sabina (que presté sabiendo que lo estaba regalando). Sí, cualquier verdura. Incluso atenderla en la puerta. Me preguntó que materia me aprestaba a rendir. Ni eso acerté.
En aquellos días, por si poca molestia me generase mi condición de simio, en fallido plan culinario me quemé espantosamente los dedos. ¿A ver esa mano?, me inquirió. ¿Qué es este anillo?, dijo sosteniendo mi mano derecha en la suya. La ternura que tan rápido le había nacido no tardó en mudar a un gesto digno de un fiscal indagando a un sospechoso del robo del siglo.
Nada, le dije. Cerré la puerta y volví a mis cosas, o a lo que creía que eran mis cosas, o a las cosas que me hicieron suyo aprovechando las reacciones que atañen a un mono cuando está desconcertado.

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