La obstinación

A finales de los setenta tuve el doloroso privilegio de dejar de ser hijo único. El privilegio es bastante obvio. Nada se compara a tener un compañero de crianza a la hora de practicar las primeras maldades. Basta ver el comportamiento de un hijo único para darse cuenta los numerosos perjuicios que causa la anomalía. Lo doloroso fue que saliera chancleta.
La Laurita, hablando pronto y mal, me cagó la vida. El final de mi monopolio no fue pacífico. Cuenta mi madre que no me hacía mella el frío del invierno a la hora de llevar mi soledad al cañaveral vecino y cantar lastimeramente mi propia versión de Zamba para olvidar.
Más de veinte años después sé que nunca se vuelve de la derrota del sitial perdido, de modo que a nadie puede sorprender que persista con María Laura la tirantez imputable a esos celos primerizos.
Para colmo, diversas circunstancias hicieron de los años ochenta una calamidad para mi familia y eso profundizó las brechas abiertas.
A ella le tocó la peor parte. Fue una alumna apenas regular y tuvo que soportar los rigores de la convivencia con un hermano iluminado que era el orgullo del barrio y por alguna razón que aún no alcanzo a elaborar su conducta escolar empeoró cuando despertó a la cleptomanía. Un caso perdido.
Sin embargo, ahora que ha corrido bastante agua bajo el puente, ella pudo componer su vida. No sé bien cómo hizo pero de a poco se metió en una radio del pueblo y se le abrieron las puertas a un mundo maravilloso. Primero fueron unos bocadillos que decía a la mañana, después darle una mano a Quique con su programa y hoy, por la enfermedad de Horacio, tiene las llaves de la radio. Por la mañana es una chica seria que da las noticias y por la tarde hace un magazine tilingo que no deja de ser interesante. En los ratos libres levanta publicidad y se encarga de las cobranzas.
Ciertamente su obstinación me llena de orgullo. De una dicción lamentable ha pasado a expresarse con mucha corrección y su forma de colocar la voz le da un toque singular a sus intervenciones. Al oírla por primera vez durante mi fugaz retorno al pueblo, casi la desconozco: la menos dotada de los Mayer brilla con su propia luz y de algún modo se da un gusto que a mí me quedó trunco.
Es creer o reventar. Sin proponérselo me ha quitado, con sus progresos, la fatalidad de ser la esperanza de la familia y todo a partir de recorrer su propio camino.
El detalle de tener una mujer de radio en la familia no es algo menor. Al contrario, nos permite algunos lujos impensados, como el que le oí el sábado a la tarde, cuando cargaba el enorme bolso que a todas partes la acompaña. Tengo que preparar 600 temas, mamá, y recién llevo 200, ¿querés que te ponga Leo Dan?
A mí nadie me engaña: si hay alguna razón para esperar que llegue el día de mañana, ésa es el ver como nuestros horizontes quedan al alcance de la mano de otros que sentimos como propia.
Pedí, Laurita, pedí grande, que se te concederá.

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2 comentarios en “La obstinación”

  1. Los alumnos menos brillantes pueden deslumbrar en cualquier momento posterior de sus vidas. Laura necesitaba tiempo, y posiblemente algo de suerte. Pero no pienses que ahora te toca a ti estar abajo porque antes vivías en la cima. A ti también te llegara un momento dulce. Quizá lo estés viviendo en parte y no seas consciente de ello.

    Abrazo orgiástico de “qué bueno volver a leerte”.

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