No tan distintos

Sentados en el anteúltimo peldaño de la escalera que conduce al aula magna departíamos sobre el resultado de la última contienda electoral que tuvo lugar en la facultad: en un final con suspenso, se enfrentaban una agrupación conformada por los disconformes con la última gestión que convocó al efecto a una figura nada decorativa: un combativo dirigente de la horda peronista, dicho sea de paso, uno de los pocos que pisan los pasillos universitarios; y, del otro lado, el componente residual de la gestión.
Ganando en el claustro docente, el pescado estaba casi vendido. Previsiblemente perdieron la elección en el claustro alumnos. De modo que la balanza sería inclinada por el claustro graduados, el menos numeroso, el único en que la participación electoral no era obligatoria. De hecho el final fue ajustado: el oficialismo ganó por un par de votos, pese a las extorsiones sufridas por todos los graduados que se ganan el pan en una oficina pública.
Constituido sobre estas bases el consejo académico, faltaba elegir la máxima autoridad y hubo que recurrir a tres votaciones para que finalmente, y por seis a cuatro, la horda peronista fuese derrotada.
Los mató la soberbia. Cuando acariciaban el triunfo, se apresuraron a anunciar medidas represivas para todo el mundo. El festejo estuvo al tono. Fue, sencillamente, apoteótico.

***

¿Te imaginás lo que sería una agrupación que se llame juventud universitaria peronista?
Sí, claro, una maravillosa composición dentro de la literatura fantástica. A quién se le ocurre que alguien pueda, al mismo tiempo, ser universitario y peronista, ser universitario y pretender exterminar de la sociedad el componente deliberativo, predicar que toda ley surge de la palabra que un líder que completa (en sentido pecuario, sirva) a la masa boba. El calificativo “universitario”, en este caso, alude al lugar de reunión de esta facción (sí, facción) peronista.
Naturalmente, quien habla desde el absolutismo no puede concebir que todo en la ciencia sea precario, sujeto a verificación, que la verdad que pueda alcanzarse importe menos que el camino recorrido hasta su encuentro. Desde un balcón sólo pueden proferirse dogmas a condición de que nadie mencione que son dogmas. Si la verdad queda -aunque sea de un modo transitorio- en manos de cualquiera que vaya en su busca, ¿qué podemos esperar?

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La única esperanza está depositada en esa sensatez que a él le ataca sólo por brotes. De ella no se puede esperar absolutamente nada. Es incontinente. Sus labios colagenados sólo pueden parir desatinos disfrazados bajo un glamour que no alcanza para ser ironía sino para poner en negro sobre blanco que lo único que tiene para dar es la vehemencia (irreflexividad, en sentido estricto). ¿El le reprochará los cacareos que profiere en su nombre? (¿para qué abrís la boca, no ves que se avivan? ¿o estará convencido de que ella, torpe y todo, es la única que interpreta su ideario?
Muchas veces creo que él tampoco la soporta pero le resulta funcional: haber conquistado a la más bonita de la cuadra es un pergamino digno de ser lucido a perpetuidad. Lo que en verdad me deja perplejo es como él cada vez se parece más a ella. Conforme su llama se apaga parece que la bicefalia del monstruo se resuelve por la preminencia de ella. El, he llegado a pensar, que quizá sea un buen tipo, pero está claro que ella con sus berrinches le ha llenado la cabeza. El, entonces, es un bicho permeable. Se me dirá que, por una primaria ley de la física, sólo puede llenarse lo que está vacío. Mucho me temo que así es.

***

Concebimos el club de los no tan ladrones.
¿En qué consiste? En una simple adaptación de la pesca deportiva, en particular de esa vertiente que devuelve a su hábitat a las piezas capturadas.
Se trata de que gente sin antecedentes delictivos experimente la sensación de ser ladrón, aunque más no sea por una noche, que sientan en la propia piel de qué va eso de forzar cerraduras, cargar el botín bajo el apremio del transcurso del tiempo y huir, saber qué se siente en las muñecas cuando las balas cortan el aire vecino.
No está nada mal.
Al cabo de unos días el total del botín con más una remuneración por el mal rato vivido se pondría a disposición de las víctimas.
Sin embargo, abortamos el proyecto cuando empezamos a hacer números un poco más finos. Los ladrones aficionados siembran huellas por todas partes y no es nada despreciable el riesgo de que los capturen e incluso los maten. El seguro nos hubiese costado una fortuna.

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