Ni una escupida

Cinco y diez sonó el reloj. No pude superar la modorra por los veinte minutos que siguieron a eso. Apenas frené el chillido del reloj, levanté un poco la persiana y encendí la radio y ya daban las cinco y media. A levantarse, carajo, y una buena ducha de agua helada porque el termotanque ha pasado a mejor vida. No sé si estoy elaborando el duelo -nunca lo quise mucho que digamos- o me da un cierto placer que yazga inútil sin que a mí me importe, el hecho es que sigue allí y yo no he llamado a nadie que lo componga ni me he puesto en campaña de conseguirle un remplazo.
A la pasada lo miro con el rabillo del ojo como diciéndole: así que me dejás a gamba, fijate que a mi no me importás ni un cachito, pero despreciar a algo que devino inútil no merece medias tintas, así que le doy una palmadita al trasto de metal, a esta altura hojalata a modo de piel de un estorbo.
Me imagino se quedará hasta allí un par de meses, hasta que me urja remplazarlo.
Entretanto quedará llorando la pena del inútil, como tantos otros que bajo la impunidad que les da la apariencia de humanidad, no dejan de ser rastreros que envidian la suerte que el creador ha destinado al sorete de perro. Por lo menos a él sirve para detener la marcha de alguien, aunque después lo puteen y lo escupan.

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