Volver a

Al verla, en realidad al prestarle atención porque ya la había visto una media docena de veces antes, recordé aquella ley de campamento que cobra virulencia en los parques nacionales: hay que apagar por completo el fuego. En efecto, uno nunca sabe.
En ella el pelo corto es una bendición y ahí nomás ya contradigo lo que pienso, lo que digo y lo que hago, porque a mi no me gustan las mujeres que llevan el pelo corto. Nada especial. No me gustan. Es cierto, el pelo crece y no menos cierto es que tampoco uno marcha por la vida centímetro en mano mensurando diferencias. Pero si pudiese elegir, descartaría a las mujeres que llevan el pelo corto.
Entonces es bonita o debería serlo.
No es ni muy delgada ni muy elegante ni tampoco ha sido simpática conmigo en ninguna de las ocasiones en las que nos cruzamos aunque es posible que esto último sea mi culpa; soy corto de vista y no se me da bien la sociabilidad, así que puede que la haya dejado pagando en algún saludo, o que me la hayan presentado sin que me diera cuenta. Cosas que le pasan a cualquiera. A cualquiera como yo.
Lo notorio es que tiene el culo enorme, un tanto desvencijado, suficiente como para haberlo rozado más de una vez en estos pasillos tan estrechos. Y eso tal vez baste como para echarle tierra a todo lo otro, lo que -a su vez- me hizo pensar que acabo de cumplir años y que estoy un poco más viejo y que ya no debería asombrarme de las erosiones del tiempo: a esta altura de la vida, un culo grande es esencial.
Pero la conexión pasa por otro lado.
Ayer, o anteayer, o quién dice que no haya sido la semana pasada, me desperté a medias en el preciso momento en que alguien se sentaba junto a mí en el colectivo que traigo siempre. No suelo incorporarme demasiado, con casi nada de vista, con un poco del olor y acaso una ligera memoria en la que puedo asociar tiempo transcurrido con ubicación geográfica (6.17, Inmigrantes y Fontana, por decir algo) me sobra para saber si ese cuerpo que se ha sentado junto a mí es de algún conocido que convoque la urgente resurrección de la poca atención que a esa hora pueda darle.
Eran un par de piernas atractivas y de hecho apenas puede quitarle los ojos de encima en lo que duró el viaje. Para mi sorpresa la dueña del par de piernas se bajó en la parada que corresponde a la cárcel, paisaje inhóspito como pocos y mayor aún fue la sorpresa al contemplarla de cuerpo entero, con el uniforme del servicio penitenciario. Tan mal acostumbrado me tiene la moda en la indumentaria femenina que ya no soy capaz de darme cuenta de que eso que yo estaba viendo era el violáceo descolorido con el que distinguen a los presos de quienes los cuidan.
En verdad jamás se me hubiera ocurrido pensar que contaran en el personal con alguna mujer y mucho menos con ese rostro de blandas facciones sobre el que me volví cuando el coche retomaba la marcha.
Lo azaroso del encuentro y la sensación de despojo que me quedó encima por la ida de lo apenas descubierto profundizaron mi perplejidad y es posible -y casi inevitable- que un episodio y otro estén conectados por la necesidad de un volver a. Volver a. Salir de. Salir de las llagas, aunque sea a costa de volver a los vituperados remedios.

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8 comentarios en “Volver a”

  1. hace muchísimo, en una manifestación del 1 de mayo que organizó la fora en plaza de mayo, me crucé con belleza de uniforme y me gustó tanto que tuve que irme antes que me diera el síndrome de estocolmo.

  2. fander, vadinho…hagan algo para dejar a esas bellezas sin ganas de volver a taparse con semejantes harapos. Si alguien no las desnuda a tiempo y las hace ver bellas sin esa ropa de superheroina, sonaron, iràn envejeciendo y afeándose sólo por culpa de todos los que no son capaces de arrancarle el uniforme con los dientes. Caramba!, hombres!!.

  3. Daniela! En tres líneas sos capaz de hacerme sentir el culpable de todos los males de este mundo y aledaños!

    Justamente, anónima, lo hacen, yo siempre creí eso, pero ahora que me estoy poniendo viejo me ha dado por ir tras la utilidad antes que por lo meramente ornamental.

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