Contaminación

Tiene dicho Alfonso Reyes:

“Los libros de notas —pulso febril del tiempo— serán la literatura de mañana y ya casi son la de hoy… Esta tarea de ir apuntando cada uno de nuestros fugaces pensamientos ofrece el riesgo de todos los narcisismos, conduce a la desesperación y a la muerte. Quien a toda hora escribe lo que dice o lo que piensa decir, acaba por considerar la nota como el objetivo supremo de su vida, y por enamorarse de todas sus ideícas. Ya no piensa, ya no habla, no escribe, sino en vista de su libro de notas. Y menos mal si se trata de una mente desordenada, que se regocija en su desorden… El mundo se le desmenuzará en papelitos llenos de escritura abreviada. Olvidará el comer y el dormir”

Y claro: nunca podrá escribir nada que pase de las cuatro páginas y mirará con algo más abyecto que el desdén no sólo decenas de archivos rtf de 10 kbytes sino que estará tentado de hacerle caso a su madre que cada vez que viene de visita se empeña en repetir la inutilidad de todos esos papeles que se hacen parva sobre la mesa, obstáculos en lo exiguo del ropero y polvo y más polvo, lo que de algún modo viene a decir que los papeles no dan de comer, no renuevan el guardarropas, no se ocupan de la higiene de la casa.
¿Un matrimonio?
Sí, de a ratos, sobre todo durante la infausta hora en que el sol despunta, los relojes truenan y el espejo reclama a grito pelado la urgente invención de la cosmética.
La clave entonces es la infelidad. No voy a ir lejos tan lejos porque de todos modos no sabría bien cómo. El extremo, el saludable extremo, es la llana promiscuidad, pero de eso uno se da cuenta cuando ya es promiscuo. No hay método, no hay camino posible que nos lleve a Itaca. Entonces olvidamos a Itaca y nos arreglamos con lo que hay a mano. Entonces la propuesta es la mutación permanente. Un día así, otro día, asá, pero ¿cuán lejos se puede ir? ¿cuántas variantes encontraremos antes de cansarnos?
El sitio más seguro para cobijarse del chubasco son las vacaciones, unas buenas vacaciones, unas vacaciones en soltería, valga la redundancia.
Ese es el quid de la cuestión: dejar a la reventada por un tiempo, que haga lo que le venga en gana, que se tiña el pelo, que compre zapatos, que se reúna con sus amigotas entradas también en carnes y en años. El mero hecho de apartarse un tiempo de ella es suficiente descanso. No será la solución pero a la vuelta, y durante lo que dure un rato, prescindiremos de fulminarnos los ojos con espinas.
¿Se puede?
¡Cómo no se va a poder!

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