Curso de lascivia. Clase 1

Aula de capacitación. Roca 590, aunque sería mejor que bueno saber dónde cuernos queda la calle Roca, que con el número, mal que mal, uno se orienta. El temario es el que suele corresponder a esta altura del año, sólo que esta vez, por primera vez en mucho tiempo, esta gente me ha convocado a mí, y después de alguna vacilación que se me ocurre acorde a la perturbación de los primeros calores, la superioridad ha decidido enviarme. De lo contrario, y con un poco de buena voluntad, en un par de meses estaré yo mismo puesto a enderezar lo que no tiene derecho. Dejo sentado que el temario no me interesa en lo más mínimo y si me he ganado el mote de experto en la materia es sólo porque nadie se atreve a tomar el toro por las astas y después de hacerme rogar un poco siempre termino accediendo a la requisitoria y en una semana o dos saturo a excel con planillas inconcebibles, rellenas de datos que es que mejor nadie controle, termino mi faena, sobreactuando el sudor, la anarquía capilar y demás enseres, mitad porque me cuesta cada vez más llevar a buen puerto a mi navío, mitad porque me gusta hacerme el loco y mitad porque es norma de actuación profesional que aquel que más se quejase de lo arduo de su trabajo, ése es recompensado como el empleado del mes.

En consecuencia no hay la menor expectativa. El aula es un galpón. Dijeron que eran 22 vacantes y hay sólo 11 máquinas y yo llegué anteúltimo. La primera gota de vino del día fue tropezarme con la última en llegar, la señora de Bracchetti. De su culo se desprende que su cuarto de hora ha pasado ya. Son los hijos. De todos modos, con el bombo y todo, me gustaba verla en el colectivo por las mañanas. Conserva en el rostro el don de sonreír aun contra su voluntad, lo que ha de tomarse como una bendición para su séquito de admiradores, pero no para ella, eso es casi seguro. Se sienta ante la máquina ocho, dudo por un instante, pero me quedo con ella, no sé, me confío a esas corrientes del aire que reúnen a su capricho a unos y a otros. No prende el monitor. Ojalá fuera ducho en estas cosas. Junto valor y aprieto fuerte el botón de encendido. Nada. Miro a Daniela, una de las profesoras, estoy a punto de llamarla, pero giro la cabeza y el monitor se ha encendido. Qué hiciste, pregunta ella, magia debí decir, pero en realidad me había resignado, que es lo que suelo hacer antes de que las cosas malas me acontezcan.

Daniela es una de las profesoras. Con tal de venir al curso eché a rodar la bola de que era más fea que agarrarse los huevos con el cierre de la bragueta. No es para tanto. Se trata de una de esas descendientes de galeses y tuvo la suerte de haber sido bonita hasta los quince años, calculo yo. De cualquier modo, los galeses tienen algún gen que los echa pronto a perder. A los treinta años parece que tuvieran el doble. Eso y la voz demasiado débil, principio de histeria, podría afirmar temerariamente. En suma, una muñequita un poco chamuscada. La otra es Brenda, que desciende de italianos y en todo les hace honor, menos en que es suavecita, parece haber na cido para ser maestra jardinera o algo así. Si tuviera plata y fuera mi mujer, le pagaría un par de tetas. Le quedarían bien, sin duda alguna.

El resto de la concurrencia es variopinta. La elección de cada uno fue direccionada pero la muestra es representativa del universo de los burócratas contables. Los viales, por ejemplo, suman ochenta y cinco años entre los dos. El anda de traje aunque el calor haga sudar al pingüino mejor pintado. Ella es por demás cegatona. Vive arrugando la nariz. Al fondo hay una pelicorta con pecas que hace la única pregunta pertinente en toda la velada. A la salida compruebo mis sospechas. El culo a nivel del piso. Hay una ex profesora que siempre la fue de sex symbol a pesar de su breve estatura. No le han sentado mal los años, pero han dejado marcas. Hay una buena delegación de lo que yo llamo la avanzada cabeza. Son morochos, hablan a los gritos, entienden poco y nada de lo que se dice, alborotan. Hay una piba de trajecito verde y cara muy blanca que tiene el rostro azarosamente atravesado por colorete con macabro resultado. Hay una teñida de colorado y preciosos rulos anárquicos que pasa por gorda incluso vestida de negro. Hay una flaca que pisa la cincuentena, muy desarreglada, probable víctima de un crimen de peluquería. Le han caido con algo rubio en la cabeza, un poco aquí, un poco allá, pero no le tomó bien, no la decoloraron. El funesto resultado se escribe con naranja. Un morocho con arito es el más cargoso de todos. Parece llamarse Oscar.

No suelo comportarme como un caballero ni aunque caigan bigornias de punta. Así que no le ofrecí café a mi compañera. En cambio ella me convidó un chicle beldent que me sirvió para no dormirme del todo. Escribo en una carpeta que tengo sobre la falda y como quien no quiere la cosa le relojeo las tetas. ¿Estará amamantando? Por un momento mastico el chicle con lascivia. Hago gala de mis conocimientos, me dice que esta será su primera vez. Me inspira una profunda lástima. Supe, cuando me habló, que siempre me gustó por esos cachetes que hacen que hable con un seseo nada sensual. Da toda la impresión de ser su boca un baúl de paredes curvas. Sigo mascando con lascivia. Le explico la razón de mi presencia. Este mismo curso voy a tener que darlo a mis compañeros que se quedaron afuera, que son muchos y están dispersos en la provincia. Sonríe sin sonreír y me repite que ésta será su primera vez.

A la salida volví la vista sobre un cartel. Algo decía sobre la modernización del estado. reprimí las ganas de reír. Y también las de acompañar a su destino a la señora de Bracchetti.

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