Un lector

Todavía tengo muy presente la primera vez que alguien se acercó a decirme yo te leo. No fue hace tanto, pero acaba de ocurrirme algo igualmente extraño y no han pasado más que unas pocas horas.
Era muy tarde en la noche. Sin embargo, yo recién me levantaba. No tenía en mente salir a ninguna parte sino poner en regla algunas cuestiones de índole práctica que me afligían. Pagar el alquiler, por no decir mucho. Así que me vestí de apuro y sin lavarme la cara puse proa al cajero automático más próximo a mi domicilio. Hice lo mío y como es de rigor maldije al cajero. Parece que han ajustado la tensión del cierre automático de la puerta y hay que tener la fuerza de un titán para abrirla o sostenerla abierta, si es que se pretende ser gentil con el que nos sigue en la fila. De todos modos, peor fue el día en que, con la puerta ya cerrada, constaté que carecía de todo picaporte del lado de adentro y estuve privado ilegítimamente de mi libertad hasta que alguien se dignó a socorrerme.
Encendí un cigarrillo y apuré el paso. Llegando al Callejón del Gato oigo que alguien me llama. No solía darle bola a nadie en la noche. En general todos piden cigarrillos y hay que ver con qué modales lo hacen. Pero he flexibilizado mi actitud desde que se hizo costumbre que me pare un agente del orden para pedirme documentos. Hay cana por todos lados pero pareciera que están sólo para ocuparse de mí. Alguna razón les doy: tengo el pelo largo, florecido, desparejo, hace rato he perdido el placer de afeitarme, mi ropa está por demás gastada, soy corto de vista, con lo cual, cada vez que pretendo avanzar con seguridad me tropiezo con algo. Entonces miro todo cuatro veces. En fin, corto acá la descripción porque hasta yo soy capaz de creer que el sujeto del que hablo es un merodeador.
El hombre que me llamaba era delgado y no tenía el tradicional gesto policíaco. Así que pensé que se trataría de uno de esos muchachos que han conseguido empleo en la creciente industria de la seguridad privada. A esa hora, cualquiera que esté parado más de treinta segundos en la misma esquina es un vigilante. Me detuve. Tuve interés en saber qué se le ofrecía. Tal vez fuese un pobre turista, de los tantos que vienen a Trelew por equivocación o por falta de alojamiento en Puerto Madryn. Me causan mucha gracia. Todos tienen cara de estar buscando algo y acá no hay nada. Dejemos de mentirle a la gente. En Trelew no hay nada para ver, nada para hacer.
-Eh, loco. Perdoná. ¿Vos tenés un… weblog?
-Sí -le digo-, soy yo.
La aclaración estuvo de más. Soy bastante parecido a lo que se ve en la foto e incluso un poco peor si encienden la luz.
-Ya te había visto en el cyber. De casualidad una noche entré al historial de la máquina y caí en tu sitio.
Después abundó en detalles. Me gustó que le gustase el texto aquel de la frazada. Tal vez lo escribí a las puteadas pero tiene su gracia. Y que le mande mi dirección a su hermana, que estudia Comunicación. Casi se lo digo: no tengo suerte con las comunicadoras.
-Acá a media cuadra tengo una parrilla. Ya sabés. Cuando tengas ganas de comerte un churrasquito…

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