Prodigios de Culculine

[i]

En ocasiones me da por cuestionarme severamente, lo cual resulta bastante sencillo. A pocos meses de graduarme en ciencias económicas al menos debería tener incorporado a mi estatuto diario el concepto de rentabilidad.
Por ejemplo, ¿tiene algún sentido dejar esta huella escrita? Sí, claro que lo tiene. A partir de ella, no sin alguna dificultad, un puñado de amigos ven en qué ando, qué nivel de locura o de histeria ha tocado esta semana.
Sin embargo, a esos efectos sería mucho más útil colgar una foto que tenga algún grado de vigencia y cualquiera que me conoce sacaría conclusiones perfectamente fundadas. Si tengo el largo el cabello, es que hace mucho que no viajo a mi pueblo; si luce bien, es que llevo varios días sin lavarlo; la calidad de mi sueño (metabolismo de las preocupaciones de la vigilia) se mide en relación inversa al tamaño de mis ojeras; si estoy bien afeitado, es sábado. Si sonrío es que el saldo de mi cuenta bancaria todavía es de tres dígitos. El rostro cortado por una cuadrícula es señal de que no hace demasiado interrumpí un sueño erótico que me pateó lejos de la almohada.

[ii]

Lo que se dice: el camino es más previsible que el de un caballo viejo. Y entre mis amigos la cosa no varía demasiado, a punto tal que con vernos las caras es suficiente. Lo mismo me pasaría ante el sujeto más interesante del universo. Tres minutos dura mi interés: decodifico su fórmula y -acto seguido- me aburro.
No obstante eso (que pueden llamar homofobia con total tranquilidad; a mí no me molesta, al contrario: me irrita la gente que hace bandera con esas boludeces), mi psicóloga sólo me dirigió una vez la palabra. Me acusaba de misógino, lo que contrarresté echándole los perros de inmediato. Resulta evidente que me dio el alta sólo para que el colegio profesional no le inicie un sumario. Ante todo hay que conservar la fuente de ingresos; los clientes van y vienen.

[iii]

El caso es que no recuerdo cuando fue la última vez que cobré el sueldo. Debe hacer muchísimo tiempo. Es más, si me agarran desprevenido pueden convencerme de que este es mi primer empleo, que nunca antes cobré, que no se ha inventado el metálico y que a fin de mes me darán un vale que cambiaré por comida en el despacho de ramos generales del paraje. ¿Será cierto que ya no hay dinero y el sistema está reducido a cuentas escriturales? Volvamos al trueque, mamá.

[iv]

Alguna moneda florecerá de algún lado, estoy seguro de eso y de pocas cosas más. Una de ellas es que no voy a morirme de hambre. Sin embargo tal vez resulte ilustrativo para el que nunca ha pasado por una situación así que dé alguna precisión respecto del uso de la palabra hambre.
Hay un componente físico y otro psicológico del hambre.
El físico es controlable. Uno come y derrota ese asqueroso vacío que asalta el ecuador del cuerpo y amenaza extenderse -a veces lo logra- hasta los trópicos. Si no tiene mucho que comer le echa alguna infusión cargadísima de azúcar o fuma. Así, el estómago da una tregua que le permite a uno recomponer la moral de los soldados y ganar tiempo pensando en una solución de fondo: el combate final.

[v]

Pero el componente psicológico es mucho más peligroso. Nunca he tenido la necesidad de cometer un atentado sexual, pero sí varias veces esta otra sensación de carestía, y tengo para mí la terrible sospecha de que uno y otro estados sean de algún modo vecinos. Cuando la llama comienza a arder no hay nada que pueda hacer el cuerpo para conjurar el hechizo. Las elementales respuestas que da el instinto apenas le hacen cosquillas al monstruo recién nacido.
Supongamos que la existencia en almacenes es de medio kilo de arroz, una lata de arvejas y sal. El enajenado procede a hacerse la comida. En vez de dos puñados de arroz pone tres, casi cuatro, aun cuando sabe que no va a poder terminarlo. El estómago se estira hasta donde se estira y nada más. Por supuesto que no sólo come todo lo que preparó sino que, aun intuyendo un pequeño desorden interno por el exceso cometido, está tentado de volver al ataque en media hora, que es lo que tardaría en hacerse un poco más de arroz si pone ahora mismo el agua a hervir. Y así. ¿Hay mermelada? Le damos. Se acabó el pan. Bueno, directamente con la cuchara. ¿Hay fruta?. Sí, pero recién tomaste mate. No me importa, traé acá.

[vi]

Dicho suena más que leve. Pero convivir con un monstruo es algo perturbador, de lo que podrán dar mejor testimonio los que han preferido casarse.
No será en esta ocasión en que me extienda hablando mal del matrimonio, pero tampoco tengo mucho para decir de bueno.
Sí, se me acaba de ocurrir, que en estos días en los que he tenido que reducir al mínimo mis actividades habituales (modo ahorro de energía que le llaman) me ha consolado la literatura, quién más.
Hoy por ejemplo me divertía con Mr. Apollinaire, en particular con Culculine d’Ancóne. Eso es un nombre, carajo! y de repente mi barbarie alimentaria se mudó a otras provincias. Cuántas ganas de tener una novia para llamarla Culculine. Sin duda que en mi menesterosa fonética francesa sería algo digno de oírse.
CULCULINE!

[vii]

Me provoca alucinaciones o algo así.
Me despierto y resulta que en sueños he seguido leyendo.
Hace poco leí a alguien que despreciaba los weblogs decir que se mudaba a otros distritos de lectura: a los libros! Me mordí la lengua por no mandarla al agujero del que nunca debió salir. A la vida misma hay que leerla. A las conversaciones, a las canciones de la radio, a los pensamientos, al rostro del ser amado, pero no, hay quien dice que libros es lo que hay que leer. Lástima que es mera jactancia.
Los libros dejan huellas. El lector es la página en blanco. Uno puede leer la peor porquería que se haya escrito jamás (es reciente mi lectura de Cristina Civale y tengo miedo de que nadie pueda superarla) y a falta de emociones, de convicciones, de rencores, a falta de rigor argumental, a pesar de la languidez del vocabulario, siempre queda algo, un residuo, algo que germina.
Al buen lector le duelen los ojos cuando lee aberraciones ortográficas. A los farsantes se les cae la cutícula a la segunda frase. Por fortuna esta persona se fugó a leer libros y ya no echaremos de menos las tildes en sus panfletos.

[viii]

Soñé.
Todas las tardes debía soportar la presencia de César Aira. Puntualito a la hora de la siesta llegaba con un novísimo relato bajo el brazo. En realidad era el mismo todas las benditas tardes. Harto de él, por una vez decidí no atenderlo. Miraba por la ventana de mi casa (vivo en un primer piso) esperando que se cansara y se mandara a mudar y lo veía sentado al lado de la puerta, fiel como un perro de la calle. No era otra cosa que un perro llorón en la puerta, requiriendo mi atención. En fin. Bajé a abrirle la puerta, él sentado, la cabeza entre las rodillas, llorando torrencialmente. Yo me acercaba despacio, tratando de no sobresaltarlo. Le tocaba el hombro diciendo: ey, César, soy yo. Soy Borges.

[ix]

Menos mal que me desperté de la pesadilla. No pude aguantarme y se lo conté a Culculine, que además de buena amante tiene una memoria que me fascina.
-Lo tuyo es espantosamente borgesiano -me dice-. ¿Te fijaste la fecha?
-Veinticinco de agosto.
-¿No te recuerda nada eso?
-Hummm, si la palabra empeñada valiese algo, Borges se hubiese suicidado el veinticinco de agosto de mil nueve ochenta y tres.
-Ahora repetime que no sabés para qué escribís.
-No, todo esto es una alucinación…
-Repetilo. Escribilo.

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13 comentarios en “Prodigios de Culculine”

  1. qué bueno fander, me encantó leerte de nuevo después de mucho. es diferente tu escritura, diría que no le sobra nada ni le falta. me encantó.
    culculine, jajajajaja. apollinaire y sus 11 mil vírgenes, digo, vergas (pero él hizo en francés un jueguito con vierges -vírgenes- que en el español se pierde). un amigo mío actor, grabó con una actriz algunos fragmentos. quedó buenísimo.
    saluditos, fander
    damaris

  2. yo soñé que venía beethoven a afinarme el piano y me moría de la emoción (ya lo conté quinientas veces no sé en cuántos lugares) lo que no me acuerdo es si beethoven ya estaba sordo cuando venía a mi casa.

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